Nastia Pávlova
Me encontraba en una habitación circular, con decenas de puertas en su pared de 360 grados. La abrumadora repetición de puertas solo era interrumpida por una escalera de piedra que llevaba hacia no sé dónde. Todas las puertas estaban cerradas menos la mía. Y con esto aclaro que yo no estaba en medio del salón, sino espiando a través de una puerta entreabierta. Mi puerta. La única que no estaba completamente cerrada.
En la habitación no había nada. Es decir, en el espacio entre la pared y el centro no se podía ver ningún objeto. Solo estaban las puertas (y la escalera). Hago especial hincapié en la escalera porque es el lugar por donde ella entró a la habitación. No por una de las puertas, sino por la escalera. Ella bajó desde no sé dónde y llegó al salón. Y cuando digo ella me refiero a Nastia Pávlova.
En ese momento no sabía su nombre. Yo no la conocía. Solo vi que bajó y que recorrió la habitación, mirando todas las puertas. Me dio miedo que me descubriera, pero no cerré mi puerta porque creí que el movimiento la alertaría de mi presencia. Igualmente, la joven paseó sus ojos por toda la sala y nunca pareció notar mi puerta entreabierta. En cambio, ella pareció mostrarse especialmente interesada en una puerta de roble macizo que se encontraba justo enfrente de la mía.
Antes de seguir describiendo los hechos, me gustaría describir a Nastia Pávlova. Llevaba puesto un vestido rojo muy sexy, que le llegaba hasta la mitad de los muslos. Sus ojos eran color miel y hermosos, aunque un poco inexpresivos. Su nariz era medianamente grande y tenía una pequeña joroba. Su pelo era seco y rubio, y tenía una cara con rasgos afligidos. Su boca era hermética, su cuerpo muy delgado y poseía unas bellas piernas de adolescente. Porque Nastia no debía de tener más de 18 años, aunque nunca le pregunté su edad (el tiempo de vida de una persona nunca me pareció importante).
Ahora que ya pueden imaginarse a Nastia, debo continuar con el relato de lo sucedido. Ella se acercó a la puerta de roble maciza que, repito, estaba justo enfrente de la mía. Vi que apoyó su oreja izquierda contra la superficie de la misma y que, al escuchar lo que estaba del otro lado (¿o la puerta le habló?), sonrió. Luego agarró el escote de su vestido y lo corrió suavemente, dejando al aire uno de sus pechos, pequeño pero perfecto, que en donde debía tener el pezón tenía una llave. La usó en la cerradura, abrió la puerta y traspasó el umbral, cerrando la puerta tras de sí. Me pareció ver cómo el roble sonreía vilmente.
Después de unos minutos que me parecieron siglos, o tal vez hayan sido siglos, Nastia cayó rodando por la escalera de piedra. Su vestido estaba un poco sucio y tenía lágrimas en los ojos. Abrí la puerta de par en par, pretendiendo ir a ayudarla, a consolarla, a preguntarle si estaba bien; pero me dio miedo, así que me quedé en mi habitación. Igualmente, ella no pareció notar –nuevamente– mi presencia. Nastia Pávlova se paró, se sacudió un poco el vestido y volvió a fijarse en otra de las puertas cerradas.
La nueva puerta que había llamado su atención era de nogal y tenía detalles en oro, era robusta y un poco más grande que la anterior. Nastia volvió a apoyar su oreja contra la superficie y volvió a sonreír ante las palabras detrás de la puerta, o de la puerta, pero lo importante es que pude escuchar que eran palabras, porque estaba más cerca que la anterior. Escuché adulaciones, mentiras. Escuché halagos. Escuché paraísos falsos. Yo lo sabía, pero Nastia no. Por eso, ella tiró de la parte inferior de su vestido y dejó ver sus nalgas, en donde también tenía una llave que salía de una de ellas. Abrió la puerta, traspasó el umbral y la cerró tras de sí. Esta vez puedo decir con toda seguridad que vi cómo la madera sonreía socarronamente y, además, agregaba un diamante más a la decoración de su picaporte.
Siglos después, que fueron algunos días, Nastia volvió a caer por la escalera. Esta vez la estaba esperando, siempre en mi habitación, pero aguardaba su caída. Esta vez no solo estaba un poco sucia, también noté que sus ojos color miel estaban grises y que su piel ya no parecía tan suave como antes. Ustedes pensarán que esta vez sí fui a consolarla, a rescatarla, a preguntarle si estaba bien, pero no. Me parecía que era hora de que me viera y de que pidiera mi ayuda, me parecía LÓGICO. Pero Nastia volvió a ignorar mi puerta abierta. En cambio, ella se incorporó, sacudió un poco sus zapatos y volvió a fijarse en otra puerta. En otra puerta cerrada.
La tercera puerta que despertó su interés estaba a solo dos puertas de la mía, así que asomé la cabeza para verla mejor. Estaba hecha de caoba y, a pesar de no ser tan robusta ni tan elegante como las otras dos, parecía ser encantadora para ella. Paseó su mirada de arriba a abajo, sintió su superficie con las manos y volvió a poner la oreja sobre la madera para escucharla. Esta vez no sonrió fácilmente, pero al final terminó cediendo. Luego, Nastia no usó ninguna llave de su cuerpo (ignoro si tenía más), sino que simplemente abrió la puerta. Ella volvió a irse. La puerta se cerró. Y la madera parecía buena… hasta que sonrió.
En la tercera caída de Nastia por la escalera, yo ya estaba en medio del salón, esperándola. En los siglos que duró los siglos que tardó en caer, yo me había dedicado a mirar las puertas. Noté que la mía, que antes no veía, era más pequeña que las demás, blanca y lisa. Además, a falta de un espejo, comencé a inspeccionar mi cuerpo con mis manos y noté que tenía un ojo fuera de su órbita ocular y que no tenía pelo. Además, noté que me faltaban un par de dedos de la mano izquierda y que mi cuerpo era gordo y bajito.
–Hola –le dije a Nastia cuando cayó por la escalera por tercera vez. Ella me vio pero no pareció asustarse por mi apariencia, tal vez me veía diferente a como yo me sentía.
–Hola –me contestó ella. Su voz era preciosa.
–¿Cuál es tu nombre?
–Nastia Pávlova –me dijo– ¿Y el tuyo?
Yo no tenía nombre, o al menos no lo conocía. Inventé uno, no importa cuál, y le conté que la había estado observando todo este tiempo desde donde estaba la puerta blanca. Le dije que estaba abierta y que ella no me había visto. Me respondió que ella no acostumbraba a ver las puertas abiertas y yo le dije que me había dado cuenta. También le dije que las puertas por las que había pasado eran malas y me dijo que sí. Noté la resignación en su cara, así que la invité a mi habitación.
Detrás de mi puerta pasamos lindos momentos. Nos divertimos imaginando que en el lugar había fantasmas y que nosotros los investigábamos. Creamos personas pequeñas y les dábamos órdenes. Nos metimos en una pileta y le sacamos fotos a cualquier cosa. Casi sin darme cuenta, mi ojo se acomodó en su órbita, mi mano izquierda recuperó todos sus dedos y mi cuerpo adelgazó y creció. Nastia me hacía bien.
Después de un tiempo salimos de mi habitación y comenzamos a subir la escalera. Teníamos curiosidad por saber qué había más allá. En el primer escalón nos abrazamos, en el segundo escalón nos dimos un beso en la mejilla, en el tercer escalón nos agarramos de la mano, y así. En cada escalón sentía que nuestras almas se unían cada vez más. Luego, llegamos a un rellano.
Para ese momento ya nos entendíamos con solo mirarnos a los ojos, pero noté que algo comenzaba a cambiar. Los dos estábamos agarrados de la mano y sentí cómo su cuerpo comenzaba a endurecerse, justo cuando yo quería seguir subiendo la segunda parte de la escalera. Me miró, y me sonrió tristemente, mientras se convertía en una estatua enfrente de mis ojos. Su piel se hizo cemento y noté, con pánico, como mi mano quedaba atrapada entre sus dedos ya duros.
Creo que fue unos días después, cuando ya estaba por morir de inanición, que pensé en qué hubiese pasado si, en lugar de abrirle mi puerta, la hubiese dejado cerrada y la hubiese espiado a través de la cerradura. Qué hubiera pasado si, en lugar de invitarla a pasar, le hubiera hablado desde detrás de ella. Qué hubiese pasado si, en lugar de subir la escalera junto a Nastia, la hubiese tirado por los escalones. Pero ya era tarde, me había conocido así y me dejó para siempre en el rellano.







