Baño de espuma

Por Matías Mugione

El agua se teñía de celeste y rosa, llenándose de burbujas. Los colores salían de una bola que giraba en la bañadera y yo miraba hipnotizado. Marina me contó que se llamaba bomba de baño y que la había conseguido en un local de cosméticos, donde ella se volvía minitah —así lo pronunciaba, como si la última sílaba estuviera pegoteada— cuando iba a comprar.

El vapor empezaba a llenar el baño y lo único que hizo que desviara mis ojos de la bola giratoria fue Marina, que se estaba sacando la ropa para entrar al agua. Vi la calza con dibujos de universo marcando sus piernas y luego caer sobre sus pies. «Las galaxias están ahí, en su piel desnuda», pensé. Sonreí, aunque ella no me vio: estaba ocupada prendiendo las velas y acomodando el jabón artesanal que también había comprado en su momento minitah.

Su baño de espuma era inevitable los domingos y esa tarde se me había ocurrido leerle. Tenía en mis manos un libro con las poesías de Alejandra Pizarnik, que era mío pero estaba en el departamento de ella, como muchos otros de mis libros. Habían sido varios meses de libros prestados mutuamente previos al primer beso, como si antes de dar un paso así hubiéramos sentido la obligación de adueñarnos de la biblioteca del otro.

Me había dicho que la idea de leerle mientras tomaba su baño le parecía genial. Siempre decía esa palabra y a mí me encantaba cuando se refería a mí. Ella era genial también.

Cuando se metió en el agua bajé la tapa del inodoro y me senté ahí. Abrí el libro en una página al azar y empecé.

En los primeros versos me costó concentrarme. Mis ojos querían ver su piel húmeda, bañada por el agua y la suave luz de las velas que había puesto. En un momento, tras un poema en particular, me interrumpió.

Sí. Llueve…
el cielo gime montones desteñidos
sombras mojadas recogen sus trozos
cavidades barrosas tremendas
mezquinas gotas de agua sulfurada
si bien no sé cómo recojo las masas
de ver si me agita la pálida lumbre
tremendo espesor de perros y gatos
las gotas siguen

—Petricor –dijo.

—¿Qué? –le pregunté.

—¿Te acordás cuando vivías con tus viejos? Te iba a visitar y salíamos al patio cuando llovía.

—Sí, nos gustaba el olor de la tierra húmeda.

—Se llama petricor ese olor, ¿no es genial que haya una palabra para eso?

—Sí, es genial. No la conocía.

Le seguí leyendo. De fondo sonaban canciones en inglés que ella había puesto desde una aplicación en su celular. Por la puerta entornada también entraba una tenue luz desde la habitación, donde había prendido una guirnalda de lucecitas. Alguna vez me había dicho que a veces se acostaba con ella prendida.

Entre poema y poema, trataba de mirarla. Comenzó a pasarse el jabón y noté su relajación: los movimientos eran lentos, tenía los ojos cerrados y su cuerpo se hundía poco a poco.

Miré la parte de sus piernas que sobresalían, sus uñas pintadas de rojo, el jabón deslizándose por lugares donde yo solía deslizarme y su largo cuello, una pista de aterrizaje de besos que desembocaba en clavículas que luchaban por salir de su cuerpo.

Tras otra poesía, volvió a interrumpirme. Sentí su voz diferente, como si hubieran pasado muchos años desde la última vez que la hubiese escuchado hablar.

Extraña que fui
cuando vecina de lejanas luces
atesoraba palabras muy puras
para crear nuevos silencios

—Es infinita —dijo.

—Es infinita porque era auténtica —le respondí.

—Sí, era auténtica. Lo sigue siendo, porque es infinita.

—Sí, es auténtica. Lo que escribía era lo que tenía que escribir.

—Seguí. Por favor.

Seguí. No hacía falta que me pidiera por favor.

Tras varios poemas, noté que el agua estaba cerca de sus ojos y las comisuras de sus labios. Cerré el libro y lo abrí otra vez al azar. Caí en Extracción de la piedra de la locura, su obra favorita de Pizarnik, y leí sin parar la primera parte hasta su última página.

y ahora vienen a beber de mí luego de haber matado al rey que flota en el río y mueve los ojos y sonríe pero está muerto y cuando alguien está muerto, muerto está por más que sonría y las grandes, las trágicas damas de rojo han matado al que se va río abajo y yo me quedo como rehén en perpetua posesión.

Llegué a la última página. Entonces levanté la vista del libro y miré la bañadera, pero Marina no estaba. Asustado, tiré el libro, me levanté y metí los brazos en el agua, creyendo que le había pasado algo y se estaba ahogando. Pero mis manos tocaron el fondo. Ya no estaba ahí.

Sentí angustia y me quedé parado, sin saber qué hacer y mirando el agua colorida. Tras unos minutos, comprendí que ella se había disuelto. Pensé que cualquiera se hubiera dejado ir en aquellas condiciones. De todas las formas en las que podía escapar, esa había sido la mejor. La más prolija.

Saqué el tapón para que el líquido colorido saliera por la cañería, llevándosela. Tomé el libro del suelo, salí del baño, apagué las lucecitas y me fui del departamento.

Ahora voy a la playa seguido y siempre llevo el libro de Pizarnik, para leerle al agua en voz alta. Hay gente que pasa y me mira raro, pero no importa. A veces también me meto al mar para jugar con las olas, envolverme en ellas y girar entre la espuma. Me parecen geniales.

 

Foto: Monik Markus

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