El ayudante de Borges

de Matías Mugione

3 de mayo de 2012

Escribo este diario en la ciudad de Ginebra. He llegado aquí hace cuatro días, enviado desde Buenos Aires por la editorial Paspartú. Hace dos semanas, el jefe editorial, Juan Carlos Varsovia, me ha encomendado una tarea ardua pero apasionante.

–Mario, tenemos un dato sobre la vida de Borges que queremos investigar –me dijo, un 23 de abril, en su oficina. Afuera, una suave llovizna caía sobre los cadáveres de las hojas asesinadas por el otoño y, allí dentro, ningún chaparrón aliviaba el dolor de las hojas tiradas en el tacho de basura de Varsovia. Una de ellas, según pude distinguir, tenía el nombre de Francisco Artola.

Varsovia me contó que María Kodama, viuda de Borges, había estado cenando con él hacía unos días y que, entre tinto y tinto, le había contado algo que nadie sabía sobre la vida del famoso escritor. Todos sabemos que el escritor de El Aleph fue perdiendo la vista paulatinamente hasta quedarse ciego, y que, a pesar de su ceguera, siguió leyendo y escribiendo gracias a familiares, amigos y ayudantes que le leían libros en voz alta y que redactaban lo que él les dictaba.

La historia que contó Kodama, con su lengua patinando sobre hielo después de la quinta copa de vino, es que, aquí en Ginebra, Borges había tenido, durante unos dos meses, un ayudante que tuvo que despedir al darse cuenta de que él escribía, en realidad, lo que él quería y no lo que el propio Borges le dictaba. «Por suerte, debido al poco tiempo que trabajó con él, los textos apócrifos no son muchos», había dicho ella.

–¿Esos textos siguen existiendo? –le preguntó Varsovia, con los ojos brillosos. Cualquiera creería que el fulgor de su mirada se debía al poder de la información que estaba recibiendo, pero, en realidad, él tenía los ojos así porque segundos antes se había mordido la lengua mientras masticaba un pedazo de chorizo.
–No sé. Todo esto te lo cuento porque él me lo contó a mí, ya que en esa época yo no lo conocía. Él nunca supo qué había pasado con esos papeles.
–¿Y cómo se llamaba el ayudante?
–Ah, me dijo el nombre, sí. Creo que era Norberto Balboa; o, tal vez, Rigoberto. No sé, no lo recuerdo muy bien –contestó Kodama, mientras levantaba un brazo para llamar al mozo y pedir otra botella de Malbec 2009.

Así que aquí estoy, en Ginebra, tratando de averiguar algo sobre ese supuesto ayudante de Borges que mecanografiaba sus propios textos en lugar de teclear lo que él le dictaba. ¿Por qué haría semejante cosa? ¿Quería boicotear al autor o, tal vez, deseaba que sus textos fueran leídos por millones de personas haciéndoles creer que eran de Jorge Luis Borges? Yo no lo sé, pero planeo averiguarlo.

Hasta ahora, estos cuatro días en Ginebra han sido un fracaso, pero disfruto del buen aire de las sierras suizas; muy distinta a mi vida en Buenos Aires, donde no hago más que disfrutar de la ginebra. Por suerte, hoy tengo una entrevista con una persona que, creo, puede tener datos certeros sobre la identidad del ayudante de Borges.

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4 de mayo de 2012

Estoy muy feliz porque he logrado averiguar el nombre del asistente de Borges. Ayer me reuní con Alfredo Gómez, un español que podría considerarse amigo del escritor. Ellos se encontraban, de vez en cuando, en el pub Spring Brothers, lugar donde me reuní con Alfredo para continuar con mi investigación.

–Él siempre venía con su novia –me contó Alfredo–. Yo no sabía que él era un escritor famoso, y un día empezamos a charlar. Con el tiempo, nos hicimos buenos amigos. Me contaba muchas cosas.
–A mí me interesa saber una cosa en particular sobre su vida –le dije–. Sé de la existencia de un ayudante que tuvo que despedir porque no escribía las cosas que él dictaba, y me gustaría averiguar su nombre y, si es posible, encontrar los textos escritos por él en aquel tiempo.
–¿Un ayudante que tuvo que despedir? Mmm… ¡Ah, sí! ¡El Tito, hombre!
–¿Perdón?
–El Tito… Mejor dicho, Roberto Bilbao. Era un chaval porteño que admiraba mucho al Ciego. Porque acá en el bar a Borges le decíamos el Ciego, ¿sabe? Nada de Jorge Luis. El apodo le resultaba divertido, solía decirnos: “he tomado la precaución de ser ciego para no tener que ver sus caras”. Ese hombre era la ostia.
–Muy interesante lo que me cuenta, pero me gustaría centrarme en Roberto Bilbao.
–Vale, vale. El Tito trabajó un tiempo con él. Al principio, redactaba al pie de la letra las palabras de Borges, pero luego comenzó a escribir cosas propias.
–¿Y por qué hizo eso?
–Es que el chaval quería ser escritor e intentó probar si sus textos podían ser publicados como si hubiesen sido escritos por Borges. Pero un día el Ciego se dio cuenta y lo despidió.
–¿Cómo se dio cuenta?
–El Ciego se percató de que el chaval no estaba escribiendo lo que él decía. A veces, él le dictaba cinco palabras y el Tito se ponía a escribir como veinte minutos. Así que una tarde le pidió que le repitiese una estrofa, con la excusa de revisar si había quedado bien, y lo cagó.
–Qué historia increíble, realmente alucinante. ¿Sabe si Roberto sigue viviendo aquí?
–¡Pues claro, hombre! Vive a dos calles de este bar, a veces me lo sigo encontrando.

Alfredo me dio la dirección de la casa de Roberto Bilbao, le agradecí enormemente su ayuda y partí para encontrarme al dichoso ayudante de Borges. Las calles de Ginebra son pequeñas y ordenadas; en algunas, hay tranvías que cumplen sus horarios con puntualidad suiza y, en otras, hay peatones y automovilistas que se pelean por cederse el paso. En mi opinión, demasiada paz para un país que es famoso por sus navajas.

Al llegar a la dirección indicada por Alfredo, toqué timbre y esperé a que me atendieran. Al rato, un hombre gordo, barbudo y con olor a whisky abrió la puerta.

–Hola, buenas tardes. Estoy buscando a Roberto Bilbao –le dije.
–Soy yo. ¿Y usted quién es?

El estado de Roberto era tan lamentable que yo no podía distinguir si su carrera de escritor había sido un fracaso o si, en cambio, había resultado todo un éxito. Tenía una barba de tres meses, unas ojeras de dos metros y un aliento de dragón que hubiese volteado a San Jorge con caballo y todo.

–Mi nombre es Mario Prada, soy escritor y trabajo para la editorial Paspartú, de Argentina –le dije.
–¿Y por qué me anda buscando?
–Me enteré que usted trabajó con Borges en su juventud y quería hacerle una nota –le expliqué. Al nombrar al escritor, los ojos de Roberto se iluminaron.
–Sí, yo trabajé con él, pero no entiendo porqué quiere hacerme una nota. Fue poco tiempo el que compartí con él.
–Mire, lo que pasa es que en la editorial nos enteramos de que usted fue despedido porque no escribía exactamente lo que Borges le dictaba –dije. Roberto me cerró la puerta en la cara antes de que pudiera terminar la oración. Tuve que insistir varias veces con el timbre para que me volviera a abrir.
–Disculpe que le haya cerrado la puerta, pero sigo sin comprender porqué quieren hacerme una entrevista. Lo que pasó con él fue algo que me avergüenza mucho.
–No estoy aquí para juzgarlo. Solo quiero charlar un rato con usted. ¿Puedo pasar?

Roberto me dejó ingresar a su casa, más parecida a una zona de guerra que al hogar de una familia suiza. Vivía solo y en su hablar se notaba el acento suizo, que a lo largo de los años había hecho mella en su acento porteño. Aun así, su español era bastante bueno. Hablamos de su vida, pero lo más interesante fue que aún guardara esos textos que había escrito en lugar de los de Borges. Y aún más interesante fue que me los regalara para que sean publicados por la editorial.

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7 de mayo de 2012

Ya estoy nuevamente en Buenos Aires. Varsovia está muy contento por los resultados de mi investigación y hemos comenzado a preparar un libro con los datos y textos obtenidos. Pero antes de terminar con este diario, quiero dejar plasmada una de las poesías que Roberto Bilbao quiso confundir entre la obra de Jorge Luis Borges. La transcribo a continuación:

Dicen que soy muy dejado, pero el polvo es un adorno especial;
en mi casa el polvo es respetado, ¿cómo lo voy a limpiar?
Un pote con restos de helado descansa plácidamente en el sofá
y un vaso con Coca pegoteada hace juego con la humedad;
abro la heladera y sale un olor que, para mí, es perfume de París,
es un desodorante de ambiente que en otro lado no conseguís;
el piso cuenta mil historias con sus manchas del pasado,
es un registro estampado de anécdotas sobre una base gris;
al recorrerlo, me acuerdo de las fiestas, previas y juntadas,
y hasta de cuando cocinaba todas las comidas que cenaba;
llegando al living hay que tener más cuidado, porque me he patinado
con los restos indescriptibles de una caja con un logo de empanadas;
mi novia me dejó por un tipo que limpia su casa todas las semanas,
pero prefiero mi ausencia de franelas y mi cómoda cama llena de latas,
no la necesito a ella porque tengo una relación especial con una rata.

Como verás, querido diario, la capacidad literaria de Bilbao era realmente deplorable. Hubiese sido muy gracioso que uno de sus textos fuera confundido con uno de Borges. Pero lo ocurrido con Roberto me hizo pensar: ¿cómo saber si todos los textos publicados bajo el nombre de Jorge Luis Borges fueron realmente escritos por él? ¿Cómo saber si los libros ‘Historia universal de la infamia’, o, tal vez, ‘Ficciones’, o, quizás, ‘Fervor de Buenos Aires’ fueron dictados por él en lugar de haber sido mecanografiados por las manos anónimas y precisas de un ayudante que decidió colgarse de los ojos ciegos de un famoso escritor? Cómo saberlo…

A continuación pueden escuchar la versión radial de esta historia, leída en vivo en Bien de Ojo, un programa de La 100 Bahía Blanca 101.9 Mhz.
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