El monumento a Rivadavia

Por Matías Mugione

Era una noche oscura y fría en Bahía Blanca. En el centro no se veía ni un alma, salvo tres amigos que paseaban por ahí. Ezequiel, Patricio y Luciano estaban al pedo y habían salido a caminar, hasta que llegaron a la plaza Rivadavia y se sentaron a charlar en uno de los costados del monumento que corona el lugar.

–Che, ¿se enteraron de lo que le pasó a Mariel? –dijo Patricio.
–No, no, ¿qué le pasó? –preguntó Luciano.
–¿Vieron que se mudó? Bueno, me contó que en la nueva casa hay fantasmas.
–Jodeme, ¿vio algo raro?
–Bah, yo no creo en esas cosas, Mariel siempre fue una chamuyera… –dijo Ezequiel.
–Puede ser. Yo en esta le creo, pero. Y sí, me dijo que vio algo: se despertó en medio de la noche y había un viejo parado en un rincón que la miraba.
–¡No, la puta madre! Yo me muero ahí nomás, ¿y qué hizo ella?
–Cerró los ojos dos segundos y cuando los abrió el viejo había desaparecido.
–Puras mentiras, es para llamar la atención nomás –opinó Ezequiel, haciendo un ademán con la mano.
–Me contó también que escuchó ruidos en la cocina –siguió contando Patricio– y que le desaparece comida de la heladera. Estuvo investigando y descubrió que hace unos años vivía ahí un viejito que murió de hambre, porque no podía moverse y la familia lo abandonó.
–Y ahora el fantasma le come la comida. Tiene sentido. Qué cagazo se estará pegando, pobre Mariel –se lamentó Luciano.
–Sí, estaba bastante asustada, pero dice que el fantasma del viejito es bueno y que no la va a lastimar. Hablando de ella, capaz que en un rato viene. La casa está acá nomás, en Alsina, y le avisé que estábamos boludeando en la plaza.

Ezequiel murmuró que seguía sin creer en esas cosas y que Mariel miraba mucho Discovery Channel, mientras se paraba y prendía un pucho. Patricio miró el monumento, una obra que se hizo en conmemoración del primer presidente argentino, y decidió asustar un poco a Luciano.

–¿Saben la historia del monumento?
–¿Cuál historia?
–Me lo contó mi bisabuelo un día, cuando era chiquito. Tiene tres figuras de bronce: la de Rivadavia, que está de aquel lado; la de una mujer con un nene, que está acá, y la de arriba, que es una tipa con una mano extendida. Además, hay cuatro columnas, dos con forma de catiárides, o algo así, y dos con forma de atlantes.
–¿Sos arquitecto, ahora? ¿Qué mierda es una catiáride? –preguntó Ezequiel.
–No sé. Resulta que una noche, dos semanas después de que se inauguró el monumento, mi bisabuelo vino con unos amigos a la plaza y vieron que la figura del pibito ya no estaba más. Pensaron que se la habían afanado. Y al otro día se enteraron de que habían encontrado a una mujer asesinada justo acá.
–Che, no me está gustando esta historia… –dijo Luciano.
–Todavía no terminé. Lo más raro de todo es que la figura del pibe estaba en su lugar, como siempre. Bah, peor: estaba sonriendo. Y los que hicieron el monumento dijeron que no habían hecho al nene así.
–Me parece que voy a volver a casa.
–No te asustes, gil. ¿Sabés qué creo? Que el bisabuelo de Pato fumaba de la misma que Mariel, eso creo –dijo Ezequiel–. Ahora voy a contar una historia yo, una leyenda urbana que anda dando vueltas por internet y que, por lo visto, pasó en todos lados. O sea, es reinventada.
–No, dale, no jodas. Hablemos de otro tema, fue.
–Resulta que un chico sale al Club con sus amigos y en la pista se encara a una mina que estaba vestida de blanco. Se la come, le pasa el Facebook y todo bien. Al otro día la quiere agregar pero no la encuentra, entonces busca en Google y ve en los resultados su nombre en un obituario. Resulta que a la piba la habían matado como diez años antes cuando iba a una fiesta con un vestido blanco.
–Yo me voy, chicos. Mañana tengo que estudiar.
–Dale, no te cagués, Lucho. Estamos jodiendo.

Luciano se levantó del banco y saludó a sus amigos, haciendo oídos sordos de sus reclamos. Se estaba yendo cuando dio media vuelta para pedirle a Patricio que le devuelva su encendedor, pero se quedó mudo al ver algo en el monumento, que estaba detrás de sus amigos.

–¿Qué pasa?
–Parece que viste un fantasma, che.
–El nene…

Patricio y Ezequiel giraron sus cabezas para mirar y se quedaron helados. La figura del nene, que minutos antes estaba junto a la mujer de bronce, había desaparecido. En ese momento se escuchó del otro lado una risa infantil y el grito de una mujer, que desgarró la noche en dos. Los chicos rodearon el monumento y encontraron a Mariel con un corte en la garganta, agonizando a los pies de Rivadavia.

Dicen que los amigos están ahora internados en un centro psiquiátrico de Chiclana al 400 y que repiten sin parar la historia, pero nadie les cree. La estatua del nene sigue estando en su lugar y ninguno de los miles de bahienses que pasan por ahí se da cuenta de que está sonriendo un poco más que antes.

Foto: mapio.net
6 Comments
  1. Axel mayo 19, 2013

    Jajaja es genial, ahora pasar por ahí ya no será lo mismo 😛

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  2. Melissa Urban mayo 18, 2016

    Muy buena!!! ahora de seguro que si es de noche prefiero hacer mas cuadras de lo normal pero no voy a pasar por la plazaaaaa ja ja

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  3. tomii mayo 19, 2016

    Buenisimoo… Pero pasar por ahí de noche, fuaaaa te la regalo

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  4. fla mayo 19, 2016

    Ya no me pienso sentar nunca más a fumar ahí. Ya veo que sale el pendejo xD

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  5. yanii mayo 19, 2016

    porque mierda me cambie al nacional oh fuckin

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  6. Alfredo J Ferraro mayo 20, 2016

    Matias….cortito pero muy bueno….

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