El poeta de la barra

de Matías Mugione

Francisco Artola abrió, con ansiedad, miedo y expectativa, el nuevo correo electrónico que había recibido. Este acababa de aparecer en su bandeja de entrada, más acostumbrada a recibir SPAM –por ejemplo, publicidades de alargadores peneanos– que correos de suma importancia.

El remitente del correo era Editorial Paspartú, a la cual Artola había enviado, hacía unos meses, un libro de poesías escrito por él. El libro se titulaba ‘El guiño del tuerto, y otras poesías’ y estaba conformado por unos 125 poemas que había escrito a lo largo de su vida. El correo, firmado por Juan Carlos Varsovia, jefe editor de la editorial, decía lo siguiente:

Estimado Artola:

Le hacemos llegar este correo electrónico para informarle que su obra ha sido rechazada, ya que no se adapta al perfil que nuestra editorial está buscando en la actualidad. Además, creemos que la gente no será capaz de entender sus vigorosos poemas; la excelencia que demuestra en cada verso opacó a los demás escritores. Por último, cabe destacar su increíble capacidad a la hora de escribir comparaciones e hipérboles, que pegan en el lector, y las alegorías vertidas por mil al transitar las bellas estrofas.

Así, su obra no podrá ser publicada por nuestra humilde editorial. Le rogamos que pruebe suerte con otra.

Artola se sintió desilusionado por el rechazo de su libro, pero, a la vez, se sintió muy bien por los halagos que había recibido. Entendía que su talento no podría ser comprendido por la mayoría de los lectores y que muchas editoriales priorizan la cantidad de ventas frente a la calidad literaria. Sus poemas eran de vanguardia y el común de las personas eran incapaces de disfrutarlos.

Sin embargo, su alegría se esfumó al recibir otro correo electrónico, enviado nuevamente por Juan Carlos Varsovia, bajo el título “Fe de erratas”. El e–mail contenía el siguiente texto:

Estimado Artola:

Ruego que disculpe mis errores en el correo electrónico enviado con anterioridad. Recién he llegado de una fiesta y el teclado se mueve mucho. A continuación, corrijo algunas frases escritas en el primer correo.

Donde dice “la gente no será capaz de entender sus vigorosos poemas”, debe decir, en realidad, “la gente capaz no entenderá sus vergonzosos poemas”. Por otro lado, al escribir “la excelencia que demuestra en cada verso opacó a los demás escritores”, quise decir, en verdad, “la indecencia que muestra en cada verso ofendió a las damas y editores”.

Además, donde se lee “cabe destacar su increíble capacidad a la hora de escribir comparaciones e hipérboles, que pegan en el lector”, debiera leerse “cabe atacar su increíble facilidad a la hora de aburrir con oraciones, hiper emboles se pega el lector”. Por último, no quise escribir “las alegorías vertidas por mil al transitar las bellas estrofas”, sino, más bien, “la alegría sentida por mí al terminar aquella bazofia”.

Francisco Artola había trabajado toda su vida en aquel libro. Había puesto sangre, sudor y lágrimas en aquella obra que el editor de una importante editorial consideraba, según sus propias palabras, una bazofia. Lo habían despedido del trabajo por escribir febrilmente sus poemas, incluso durante el horario laboral. Hacía meses que no se afeitaba y se había quedado sin dinero. La ilusión del éxito de su libro era lo único que lo había mantenido atado a la cordura… hasta ahora.

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En otro lado de la ciudad, el “Gordo Diablo” y “Manzanita”, miembros de la barra brava del Atlético Estomba, un club de fútbol de Bahía Blanca, hablaban en la mesa de un bar, mientras tomaban una cerveza y comían maníes salados.

–Gordo, necesitamos conseguir un nuevo inventor de canciones para la barra. Desde que quemaron al “Loco” López, las letras de las canciones van de mal en peor… –dijo “Manzanita”.
–Es verdad, ¿escuchaste la nueva? Es con el ritmo de ‘Bombón Asesino’ de Los Palmera –contestó el “Gordo Diablo”.
–No la escuché, sabés que últimamente no ando mucho por el club. A ver, cantamela…
–Dice así: “Esta es la barra de Estomba, la que tiene más aguante, la que te tira bombas, forro puto vigilante”. ¡Es malísima!
–Sí, la verdad que deja bastante que desear, aunque, por lo menos, tiene letra. Últimamente se la pasaban cantando esa con ritmo brasilero, que solo decía “AEAEAEAE” continuamente.
–Es por las siglas del club… –aclaró el “Gordo”.
–¡Ya sé, boludo! Pero igual, es malísima. Como te decía, tenemos que conseguir alguien que sea bueno con las palabras y que pueda inventar letras como la gente. No sale ninguna canción copada desde que se dedica a inventarlas “Pistola” Rodríguez, ¡es un pelotudo!
–Tenés razón, che –dijo el Gordo, mientras se zampaba en el buche los últimos maníes del platito y se terminaba el vaso de birra–. Vamos a mi casa, tenemos que preparar los trapos para el partido del domingo.

Los barras salieron del bar y encararon para el lado del Canal Maldonado. La casa del Gordo quedaba en el Barrio Santa Margarita. Fueron caminando, riendo y gritándoles cosas obscenas a las chicas que veían pasar, pero al llegar al puente de calle Zelarrayán, a “Manzanita” se le borró la sonrisa de la cara.

–¡Mirá, Gordo! –dijo– ¡Un tipo se quiere tirar al canal!

Francisco Artola estaba parado sobre el puente, del lado de afuera de la baranda que separaba la vereda del vacío. El correo electrónico que había recibido de la editorial había terminado de desarmarle la fila de patitos, que ya no estaba muy derecha que digamos, y quería suicidarse.

–¡Sin poesía mi vida no tiene sentido! –gritaba, mientras lloraba desaforadamente y amagaba con arrojarse al duro fondo del canal. La sequía que azoraba a la región se dejaba notar en el pequeño y escaso curso de agua que había allí debajo.

El Gordo Diablo y Manzanita se acercaron con cautela para tratar de calmarlo y hacerle cambiar de parecer. Eran barras, pero tenían corazón. Podían romperle la cabeza con una piedra a un pibe que tenía la camiseta del equipo contrario, pero nada de andar dejando que la gente se suicide así como así.

–¡Che, loco! Pensá bien lo que vas a hacer, pensá en tu familia y en tus amigos –le dijo el Gordo.
–¡Los poetas no tenemos familia ni amigos! –gritó Artola.
–¿Cómo no vas a tener nada? Todos tenemos al…
–¡Pará! –“Manzanita” interrumpió al Gordo– ¿Decís que sos poeta?
–Sí, ¿y? ¿Vos sos editor, acaso? –preguntó Artola, quien se sostenía de la baranda con las manos mientras ponía un pie en el aire, como tanteando la estabilidad de la nada.
–Emm… algo así… –respondió Manzanita– Esperá, hablo algo con mi amigo y vuelvo, eh. No te vayas…
–No, hablá tranquilo que me voy a quedar acá, eh.

–Che, Gordo, este tipo es poeta y está desesperado. ¿Y si lo contratamos para la barra? Debe inventar buenas canciones… –le dijo Manzanita al Gordo Diablo.
–Me parece buena idea –contestó el Gordo–. Dejame hablar con él… Flaco, no te tirés, no seas pelotudo –le gritó a Artola, quien estaba haciendo una cuenta regresiva empezando desde 100–, nosotros podemos conseguirte un trabajo en donde vas a escribir y vas a poder ganar algunos morlacos todos los meses.
–¿Ah, sí? ¿Y cuál es ese trabajo? –respondió Artola
–Nosotros somos de la barra del Estomba, y estamos buscando alguien que pueda inventar nuevas canciones, creativas, para romperles el culo a las demás hinchadas…
–¿Y ustedes tienen plata? –preguntó el poeta, que comenzaba a interesarse con la idea de ganar dinero inventando rimas fáciles.
–Obvio, papá. Tenemos trapitos, reventa de entradas y les pedimos parte del sueldo a los jugadores. No te preocupes, la mosca está –contestó Manzanita.

Artola aceptó el empleo de poeta de la barra y cambió de parecer acerca del suicidio. No iba a poder ser un gran escritor ni sería reconocido por sus libros, pero al menos podría tener un trabajo e iría a la cancha gratis, todo gracias a su habilidad a la hora de escribir. Esa misma noche, comenzó a inventar canciones para la hinchada del Atlético Estomba, y algunas las estrenó ese mismo domingo.

La primera canción inventada por Artola que cantó la barra, fue la siguiente, con el ritmo de la canción ‘Ella dijo’ de Estelares: “Estomba es la vida / me llena de alegría / lo sigo a todas partes / es como mi familia / mi alma reboza de sus colores / atiborrado de él estoy, oh, oh”.

También entonaron el siguiente cántico, hecho con la música de ‘El viejo’ de La Vela Puerca: “Vamos Estomba a ganar / esta tarde hasta el sol te va a alentar / sos la luna que me iluminó (en una noche!) / y que para siempre me llenó”.

Incluso, con el transcurrir de las semanas, Artola llegó a escribir una poesía sin música que la hinchada entera solía recitar al comienzo de cada partido. El poema estaba dedicado al ídolo del club, Rigoberto Sánchez, y tenía 108 versos. A continuación, pueden leer una de las estrofas:

Entonces Estomba llenó el aire
con la pasión de los trapos
y el ídolo Rigoberto mecido por serafines
cuyas pisadas, tacos y gambetas en el césped
¡Ídolo –dije–, tu Dios te ha concedido
el don de tratar bien a la pelota!
¡Golea, oh, al de camiseta diferente
y apabulla a los que piden la hora!
Y el Cuervo dijo: “Nunca más”.

Muchos notaron que Artola se había robado el poema ‘El cuervo’ de Edgar Allan Poe y que lo había adaptado al club. De hecho, el muy nabo hasta se había olvidado de cambiar el último verso, y lo había dejado exactamente como estaba escrito en el original. Cuando le insinuaron el error, el poeta encaró nuevamente para el Canal Maldonado, al grito de “¡No sirvo para nada!”, así que decidieron dejársela pasar, lo tranquilizaron y siguieron recitando el texto todos los partidos.

Finalmente, Francisco Artola hizo carrera en la poesía de las barras bravas y pudo vivir de su escritura. Casi siempre cobraba buen dinero; aunque, a veces, también cobraba en manos de las hinchadas rivales. “Pero bueno, gajes del oficio”, solía decir él. Con el tiempo, fue ascendiendo: abandonó la barra del Atlético Estomba y lo contrató la barra de Arsenal. Sus capos le pidieron que haga canciones especiales para ser cantadas por poca gente, por la ínfima cantidad de hinchas que poseía el equipo, y, en los últimos años de su vida, Artola se dedicó a inventar las canciones para la hinchada de San Lorenzo, donde disfrutó de un buen sueldo y de precios especiales en el Carrefour más cercano a su casa.

A continuación pueden escuchar la versión radial de esta historia, leída en vivo en Bien de Ojo, un programa de La 100 Bahía Blanca 101.9 Mhz.
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