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	<title>Hacete Hervir y tomate el caldo! - Cuentos de Matías Mugione</title>
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		<title>La peluquería de Doña Luisa</title>
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		<pubDate>Sun, 19 May 2013 18:51:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Matías Mugione</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El secretario de Obras y Servicios Públicos de la Municipalidad de Bahía Blanca estaba preocupado por el gran crecimiento de un sector en particular del barrio Pedro Pico. La zona estaba delimitada por las calles Undiano, Thompson, Ing. Luiggi y Santa Fe y en los últimos meses había ocurrido allí algo muy extraño: se habían [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El secretario de Obras y Servicios Públicos de la Municipalidad de Bahía Blanca estaba preocupado por el gran crecimiento de un sector en particular del barrio Pedro Pico. La zona estaba delimitada por las calles Undiano, Thompson, Ing. Luiggi y Santa Fe y en los últimos meses había ocurrido allí algo muy extraño: se habían abierto una gran cantidad de locales comerciales. De hecho, una empresa constructora había tirado abajo una manzana entera y estaba construyendo un centro comercial.</p>
<p>¿Por qué se estaba gestando una especie de segundo microcentro en aquel sector de la ciudad donde antes solo había casas particulares y solo algún que otro comercio de barrio? El secretario quería saberlo, así que envió a uno de sus empleados para que averiguase qué pasaba.</p>
<p>Mauricio Baigorria fue al barrio y se encontró con una vecina del lugar, una tal Alicia, que estaba sentada en una silla en la vereda. Por allí estaban circulando cientos de personas con bolsas en la mano que frenaban su andar cada tanto para mirar vidrieras. Parecía que la anciana solo estaba chusmeando, como suelen hacer las señoras de su edad, pero cada tanto lanzaba un grito avisando que vendía tejidos.</p>
<p>–Disculpe, señora. Mi nombre es Mauricio Baigorria y trabajo en la Municipalidad&#8230;<br />
–Sí, dígame qué se le ofrece. ¿Quiere alguna bufanda? Las tejo yo misma, son de excelente calidad. Y son baratas, eh, nada de dólar blue acá en el barrio&#8230;<br />
–No, no. No vine a comprar cosas. Me mandaron para averiguar porqué creció tanto la actividad comercial en la zona en los últimos meses. ¿Usted sabe algo?<br />
–Ah sí, yo le puedo contar cómo ocurrió todo, porque con mi marido vivimos acá desde siempre. Todo empezó cuando Doña Luisa abrió su peluquería. La pobre cortaba tan mal el pelo que provocó la apertura de varios negocios a su alrededor.<br />
–Déjeme ver si entiendo, ¿usted me está diciendo que todo este movimiento comercial comenzó solo por una mala peluquera?<br />
–Así es, el primer comercio que abrió luego de la apertura de la peluquería fue uno de abogados: el estudio jurídico Molina. Comenzó en un local chiquito y ahora ocupa casi media cuadra.</p>
<p>La anciana señaló un gran local que había justo en la vereda de enfrente. Baigorria miró y comprobó que, efectivamente, el Estudio Jurídico Molina era gigante. En ese momento, un hombre de traje y con anillos de oro se bajaba de un Mercedes Benz y entraba por la puerta.</p>
<p>–Ese es Molina –dijo Alicia, señalándolo–. Se llenó de plata con todos los juicios que los clientes de la peluquería le hacían a Doña Luisa. El negocio de ella estaba justo al lado. La gente salía de cortarse el pelo y entraba directamente al estudio jurídico. Era como tener un kiosco al lado de un colegio.<br />
–Increíble, ¿y cómo siguió el crecimiento comercial del barrio?</p>
<p>En ese momento, un viejo con pinta de que recién se había despertado de la siesta salió de la casa y le preguntó a Alicia qué pasaba.</p>
<p>–Señor, estaba hablando con su esposa porque soy de la Municipalidad y me interesa saber a qué se debe el crecimiento del barrio –le explicó Baigorria–. Ya me contó lo de la peluquería y lo del estudio jurídico&#8230;<br />
–Ah, sí, sí. Yo le sigo contando, porque mi señora tiene que seguir vendiendo sus tejidos. La competencia es terrible.<br />
–Está bien, cuénteme.<br />
–Después del estudio jurídico abrió un consultorio psicológico. Allí iban las mujeres deprimidas luego de cortarse el pelo en lo de Doña Luisa. ¡Quedaban como varones, quedaban! Así que se las podía ver salir llorando de la peluquería y entrando al consultorio de la psicoloca.<br />
–Supongo que a la psicóloga le habrá ido muy bien, al igual que al abogado&#8230;<br />
–Así es, pero quien realmente se llenó de guita fue Maribel. Empezó vendiendo gorros tejidos en un puestito en la vereda de su casa, a pocos metros de la peluquería. La gente salía desesperada buscando algo para taparse la cabeza a toda costa. ¡Vendía gorros a 50 dólares, vendía! Ahora tiene una tienda de ropa con veinte empleados.<br />
–Increíble lo que usted me cuenta. ¿Y qué pasó con la peluquería de Doña Luisa? Porque no la veo en la cuadra&#8230;<br />
–Mire, es medio triste. Resulta que su pésima habilidad cortando el pelo no solo atrajo a comerciantes. También llegaron al barrio unos mafiosos chechenos, y algunos clientes de la peluquería contrataron a sus sicarios.<br />
–Pobre Luisa, no era una mala persona&#8230; –acotó Alicia.<br />
–No, solo tenía parkinson –dijo su marido–. Lo bueno es que las ganancias de los vecinos del barrio han crecido enormemente. ¡Yo me hice el segundo piso, me hice! Y después dicen que la economía del país está mal. Todo se solucionaría con muchas malas peluqueras, ¿sabe?</p>
<div id="cuadro">A continuación pueden escuchar la versión radial de esta historia, leída en vivo en <a href="http://www.biendeojo.com.ar/" target="_blank">Bien de Ojo</a>, un programa de La 100 Bahía Blanca 101.9 Mhz.<center><object width="353" height="132"><embed src="http://www.goear.com/files/external.swf?file=a5abc41" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" quality="high" width="353" height="132"></embed></object></center></div>
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		<title>Tormenta</title>
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		<pubDate>Sat, 11 May 2013 23:00:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Matías Mugione</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Ventanas cerradas. Las puertas también. Hace días, parece. El polvo invade las superficies, es el día D de la suciedad. El aire es denso. En la habitación un hombre se encuentra sentado frente a una mesa. El silencio lacera los tímpanos invadiendo cada rincón del cuarto, pero… Tic, tac. Tic, tac. Hay un reloj colgando [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Ventanas cerradas. Las puertas también. Hace días, parece. El polvo invade las superficies, es el día D de la suciedad. El aire es denso. En la habitación un hombre se encuentra sentado frente a una mesa. El silencio lacera los tímpanos invadiendo cada rincón del cuarto, pero…</p>
<p><i>Tic, tac. Tic, tac.</i></p>
<p>Hay un reloj colgando de la pared. Esperando durante un segundo (y dos, y tres…) que el tiempo mueva sus agujas. Agujas que apenas se ven por el polvo, jugando a las escondidas con su función vital. Agujas que apenas pueden moverse, pero se mueven, sí que se mueven, y el tiempo pasa. Porque el tiempo pasa sólo si los relojes se mueven. Y este se mueve. Así que el tiempo, para este hombre, está pasando… Ah sí, el hombre… El hombre sigue haciendo nada.</p>
<p><i>Tic, tac. Tic, tac.</i></p>
<p>Una gota de sudor comienza a resbalar por el rostro del hombre. Humedad entre tanta sequedad. La gota avanza, aún sabiendo que su destino es ahogarse y desaparecer entre el polvo. «Tic, tac» Sigue recorriendo cada curva de la cara. «Tic» Cae al suelo en cámara lenta. «Tac» Y un nuevo sonido ingresa a mis oídos…</p>
<p><i>Chin, chin, chin.</i></p>
<p>Me acerco más al hombre, y veo que está revolviendo con una cucharita una taza llena de café. Un café con pinta a viejo. Y el hombre realiza la acción muy lentamente, como sufriendo. El sonido apenas se escucha. «Chin, chin» No levanta la taza, no bebe, no hace nada más con el café además de revolverlo una y otra vez de forma lenta. Me impaciento y me pongo a mirar la habitación.</p>
<p>Tenues rayos de luz entran por las acortinadas ventanas, cortinas pesadas, sólidas y oscuras, de esas que parecen eternas. Se ve flotar el polvo en los haces de luz, y paso la mano por uno de ellos para ver acelerarse las partículas, como una estampida de estrellas. Me acerco a una mesita que tiene un portaretrato encima, con una foto del impasible hombre a mi lado. El hombre de la foto no parece ser mucho más joven de la versión que puedo ver revolviendo el café; es casi el mismo pero más cuidado, más alineado, tal vez hasta más humano.</p>
<p>Camino un poco más allá, dejando al hombre a mis espaldas, pero sin dejar de escuchar el <i>chin chin</i> que me indica que sigue haciendo lo mismo que la última vez que lo miré. Sobre la repisa hay un pequeño calendario. Si el reloj es el rey del tiempo, él vendría a ser el esclavo. El calendario sobre su miseria de madera, dispuesto a aceptar las órdenes de los minutos y segundos, manoseado por manos humanas que lo tachan y lo corrompen. Pero sigue en pie cumpliendo su función, y si fue ordenado y tratado con exactitud, quiere decir que hoy es Nochebuena, porque marca que es 24 de diciembre. Es de esos días que no deberían ser vividos en soledad y revolviendo una taza de café.</p>
<p>Doy media vuelta. El hombre sigue ahí, revolviendo su taza una y otra vez. Me acerco a la mesa donde está sentado y veo un diario abierto. Me acerco y observo que debajo de la cabecera dice ’27 de octubre’. Recorro con la vista las noticias de la página: <i>Un</i> <i>tornado azota la zone oeste del país</i>, <i>Robaron y asesinaron a un abogado</i>, <i>Niña muere por la caída de un rayo</i>, <i>Espectacular persecución policial</i>.</p>
<p>Otro bello día en el mundo. Me llama la atención la noticia acerca de la niña. Una niña de cuatro años <i>bla bla bla</i> por un rayo en la tormenta de anoche <i>bla bla bla</i> y más <i>bla bla bla</i>, era corta y no tenía foto, pero decía el nombre: Lucía Gutierrez.</p>
<p>Murmuro el nombre y el Hombre del Café deja de revolver la taza. Me quedo mirándolo un rato, esperando que tome el café o que haga alguna otra cosa. Pero no hace nada más que quedarse ahí, sentado, mirando a la nada.</p>
<p>De repente, un petardo explota afuera. El hombre se estremece y lanza un grito ahogado, pero se queda sentado en su lugar. Lo observo unos minutos, para ver si hace algo más, pero sigue en su limbo. Ahora, por lo menos, ya no tenía que seguir escuchando el vals de la cucharita y la taza.</p>
<p>Sigo recorriendo la habitación. Encuentro unos papeles en un aparador, facturas, recibos. ¿Debería revisarlos? Tal vez no, pero quiero saber quién es el Hombre del Café. Agarro algunas hojas y me pongo a revisarlas, mientras vigilo de reojo si el Hombre del Café da señales de vida para impedirme que toque sus cosas, pero no parece importarle. Encuentro un nombre: Sr. Sebastián Gutierrez. Gutierrez, como la niña del diario.</p>
<p>De pronto, otro petardo explota en la calle, esta vez más cerca, y el Señor Gutierrez, ex Hombre del Café, se para de un salto, agarra la taza y la estrella contra la pared. La taza hace se convierte en un montón de pedazitos de porcelana. El Señor Gutierrez se agarra la cara y comienza a llorar, paseándose ida y vuelta por la parte de la habitación opuesta a mí. Entre nosotros hay una mesa y un mundo de distancia.</p>
<p>Entonces, miré el reloj que había visto hace solo un rato. Eran las 23:58. En dos minutos la sirena de los bomberos anunciaría que eran las 12, que Jesús había nacido o que Papa Noel dejaba los regalos. En dos minutos la gente comenzaría con su espectáculo de pirotecnia, demostrando su alegría iluminando el cielo y compitiendo por quién hace más ruido.</p>
<p>En tan solo unos minutos, Lucía Gutierrez moriría cientos de veces más y el hombre que se paseaba delante mío sentiría otra tormenta.</p>
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		<title>El monumento a Rivadavia</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Apr 2013 03:15:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Matías Mugione</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Era una noche oscura y fría en Bahía Blanca. En el centro de la ciudad no se veía ni un alma, salvo tres amigos que paseaban por la Plaza Rivadavia. Sus nombres eran Ezequiel, Patricio y Luciano. Como estaban al pedo, se sentaron en uno de los bancos de la plaza y comenzaron a charlar. [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Era una noche oscura y fría en Bahía Blanca. En el centro de la ciudad no se veía ni un alma, salvo tres amigos que paseaban por la Plaza Rivadavia. Sus nombres eran Ezequiel, Patricio y Luciano. Como estaban al pedo, se sentaron en uno de los bancos de la plaza y comenzaron a charlar.</p>
<p>–Che, ¿se enteraron de lo que le pasó a Mariel? –dijo Patricio.<br />
–No, no, ¿qué le pasó? –preguntó Luciano.<br />
–¿Vieron que se mudó? Bueno, me contó que en la nueva casa hay fantasmas.<br />
–Jodeme, ¿vió algo raro?<br />
–Bah, yo no creo en esas cosas, Mariel siempre fue una chamuyera&#8230; –dijo Ezequiel.<br />
–Yo le creo, boludo. Aparte sí vió algo, se despertó en medio de la noche y había un viejo parado en un rincón que la miraba&#8230;<br />
–¡No, la puta madre! Yo me muero ahí nomás, ¿qué hizo ella?<br />
–Cerró los ojos dos segundos y cuando los volvió a abrir el viejo había desaparecido.<br />
–Puras mentiras, es para llamar la atención nomás –opinó Ezequiel, haciendo un ademán con la mano.<br />
–Además me contó que también escuchó ruidos en la cocina –siguió contando Patricio– y que le desaparece comida de la heladera. Estuvo investigando sobre la casa y descubrió que hace unos años vivía ahí un viejito que había muerto de hambre, porque no podía moverse y la familia lo abandonó.<br />
–Y ahora el fantasma le come la comida. Tiene sentido, che. Qué cagazo se estará pegando, pobre Mariel –se lamentó Luciano.<br />
–Sí, estaba bastante asustada, pero dice que el fantasma del viejito es bueno y que no la va a lastimar. Ah, hablando de Mariel, capaz que en un rato viene. Vive acá nomás, en la primera cuadra de Alsina, y le avisé que estábamos boludeando en la plaza.</p>
<p>Ezequiel murmuró que seguía sin creer en esas cosas y que Mariel miraba mucho Discovery Channel, mientras se paraba y prendía un pucho. Los amigos estaban a pocos metros del monumento a Rivadavia, una obra en conmemoración del primer presidente argentino que se encuentra en el centro de la plaza. Entonces, Patricio decidió asustar un poco a Luciano con una historia que le había contado su bisabuelo una vez.</p>
<p>–¿Saben la historia del monumento?<br />
–¿Cuál historia?<br />
–Me lo contó mi bisabuelo un día, cuando era chiquito. Resulta que en el monumento hay tres figuras de bronce: la de Rivadavia, que está de aquel lado, la de una mujer con un niño, que está acá, y la de arriba, que es una mujer con una mano extendida que simboliza la ofrenda. Además, hay cuatro columnas, dos con forma de cariátides y dos con forma de atlantes.<br />
–¿Sos arquitecto, ahora? ¿Qué mierda es una cariátide? –preguntó Ezequiel.<br />
–Callate y escuchá. Una noche, dos semanas después de que se inauguró el monumento, mi bisabuelo vino con unos amigos a la plaza y vieron que la figura del niño ya no estaba más. Pensaron que se la habían afanado, pero al otro día se enteraron de que habían encontrado a una mujer asesinada frente a la estatua de Rivadavia.<br />
–Che, no me está gustando esta historia&#8230; –dijo Luciano.<br />
–Todavía no terminé. Lo más raro de todo es que la figura del niño estaba en su lugar, como siempre. Para peor, estaba sonriendo, y los que esculpieron el monumento aseguraron que no habían hecho al niño sonriendo&#8230;<br />
–Me parece que voy a volver a casa&#8230;<br />
–No te asustes, gil. ¿Sabés qué creo? Que el bisabuelo de Pato fumaba de la misma que Mariel, eso creo –dijo Ezequiel–. Ahora voy a contar una historia yo, una leyenda urbana que anda dando vueltas por internet y que, por lo visto, ha pasado en todos lados. O sea, es re inventada .<br />
–No, dale, no jodas, hablemos de otro tema, fue&#8230;<br />
–Resulta que un chico sale al Club con sus amigos y en la pista se encara a una mina que estaba vestida de blanco. Se la come, le pasa el Facebook y todo bien. Piola la mina. Al otro día la quiere agregar pero no la encuentra, entonces busca en Google y ve en los resultados su nombre en un obituario, resulta que a la mina la habían matado como diez años antes cuando iba a una fiesta con un vestido blanco.<br />
–Yo me voy, chicos. Mañana tengo que estudiar&#8230;<br />
–Dale no te cagués, Lucho. Estamos jodiendo, quedate.</p>
<p>Luciano se levantó del banco y saludó a sus amigos, haciendo oídos sordos de sus reclamos. Se estaba yendo cuando dio media vuelta para pedirle a Patricio que le devuelva su encendedor, pero se quedó mudo al ver algo en el monumento, que estaba detrás de sus amigos.</p>
<p>–¿Qué pasa?<br />
–Parece que viste un fantasma, che.<br />
–El nene&#8230;</p>
<p>Patricio y Ezequiel giraron sus cabezas para mirar el monumento a Rivadavia y se quedaron helados. La figura del niño que minutos antes se encontraba junto a la mujer de bronce había desaparecido. De pronto, del otro lado del monumento se escuchó la risa de un nene y el grito desgarrador de una mujer. Los chicos corrieron hacia el lugar desde donde provino el grito y vieron a Mariel, su amiga, con un corte en la garganta y muriendo desangrada a los pies de Rivadavia.</p>
<p>Cuenta la historia que los amigos ahora están internados en un centro psiquiátrico de Chiclana al 400 y que repiten sin parar la historia del nene de bronce, pero nadie les cree, porque la estatua del niño sigue estando en su lugar, como siempre, y ninguno de los miles de bahienses que pasan por allí notan que está sonriendo un poco más que antes.</p>
<div id="cuadro">A continuación pueden escuchar la versión radial de esta historia, leída en vivo en <a href="http://www.biendeojo.com.ar/" target="_blank">Bien de Ojo</a>, un programa de La 100 Bahía Blanca 101.9 Mhz.<center><object width="353" height="132" classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="src" value="http://www.goear.com/files/external.swf?file=9de2ebc" /><param name="wmode" value="transparent" /><param name="quality" value="high" /><embed width="353" height="132" type="application/x-shockwave-flash" src="http://www.goear.com/files/external.swf?file=9de2ebc" wmode="transparent" quality="high" /></object></center></div>
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		<title>El ayudante de Borges</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Mar 2013 02:42:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Matías Mugione</dc:creator>
				<category><![CDATA[Humor]]></category>

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		<description><![CDATA[3 de mayo de 2012 Escribo este diario en la ciudad de Ginebra. He llegado aquí hace cuatro días, enviado desde Buenos Aires por la editorial Paspartú. Hace dos semanas, el jefe editorial, Juan Carlos Varsovia, me ha encomendado una tarea ardua pero apasionante. –Mario, tenemos un dato sobre la vida de Borges que queremos [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>3 de mayo de 2012</em></p>
<p>Escribo este diario en la ciudad de Ginebra. He llegado aquí hace cuatro días, enviado desde Buenos Aires por la editorial Paspartú. Hace dos semanas, el jefe editorial, Juan Carlos Varsovia, me ha encomendado una tarea ardua pero apasionante.</p>
<p>–Mario, tenemos un dato sobre la vida de Borges que queremos investigar –me dijo, un 23 de abril, en su oficina. Afuera, una suave llovizna caía sobre los cadáveres de las hojas asesinadas por el otoño y, allí dentro, ningún chaparrón aliviaba el dolor de las hojas tiradas en el tacho de basura de Varsovia. Una de ellas, según pude distinguir, tenía el nombre de <a title="El poeta de la barra" href="http://www.hacetehervir.com/el-poeta-de-la-barra/">Francisco Artola</a>.</p>
<p>Varsovia me contó que María Kodama, viuda de Borges, había estado cenando con él hacía unos días y que, entre tinto y tinto, le había contado algo que nadie sabía sobre la vida del famoso escritor. Todos sabemos que el escritor de El Aleph fue perdiendo la vista paulatinamente hasta quedarse ciego, y que, a pesar de su ceguera, siguió leyendo y escribiendo gracias a familiares, amigos y ayudantes que le leían libros en voz alta y que redactaban lo que él les dictaba.</p>
<p>La historia que contó Kodama, con su lengua patinando sobre hielo después de la quinta copa de vino, es que, aquí en Ginebra, Borges había tenido, durante unos dos meses, un ayudante que tuvo que despedir al darse cuenta de que él escribía, en realidad, lo que él quería y no lo que el propio Borges le dictaba. «Por suerte, debido al poco tiempo que trabajó con él, los textos apócrifos no son muchos», había dicho ella.</p>
<p>–¿Esos textos siguen existiendo? –le preguntó Varsovia, con los ojos brillosos. Cualquiera creería que el fulgor de su mirada se debía al poder de la información que estaba recibiendo, pero, en realidad, él tenía los ojos así porque segundos antes se había mordido la lengua mientras masticaba un pedazo de chorizo.<br />
–No sé. Todo esto te lo cuento porque él me lo contó a mí, ya que en esa época yo no lo conocía. Él nunca supo qué había pasado con esos papeles.<br />
–¿Y cómo se llamaba el ayudante?<br />
–Ah, me dijo el nombre, sí. Creo que era Norberto Balboa; o, tal vez, Rigoberto. No sé, no lo recuerdo muy bien –contestó Kodama, mientras levantaba un brazo para llamar al mozo y pedir otra botella de Malbec 2009.</p>
<p>Así que aquí estoy, en Ginebra, tratando de averiguar algo sobre ese supuesto ayudante de Borges que mecanografiaba sus propios textos en lugar de teclear lo que él le dictaba. ¿Por qué haría semejante cosa? ¿Quería boicotear al autor o, tal vez, deseaba que sus textos fueran leídos por millones de personas haciéndoles creer que eran de Jorge Luis Borges? Yo no lo sé, pero planeo averiguarlo.</p>
<p>Hasta ahora, estos cuatro días en Ginebra han sido un fracaso, pero disfruto del buen aire de las sierras suizas; muy distinta a mi vida en Buenos Aires, donde no hago más que disfrutar de la ginebra. Por suerte, hoy tengo una entrevista con una persona que, creo, puede tener datos certeros sobre la identidad del ayudante de Borges.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.hacetehervir.com/wp-content/uploads/2012/03/separador.png"><img class="aligncenter size-full wp-image-75" alt="separador" src="http://www.hacetehervir.com/wp-content/uploads/2012/03/separador.png" width="35" height="10" /></a><em></em></p>
<p><em>4 de mayo de 2012</em></p>
<p>Estoy muy feliz porque he logrado averiguar el nombre del asistente de Borges. Ayer me reuní con Alfredo Gómez, un español que podría considerarse amigo del escritor. Ellos se encontraban, de vez en cuando, en el pub Spring Brothers, lugar donde me reuní con Alfredo para continuar con mi investigación.</p>
<p>–Él siempre venía con su novia –me contó Alfredo–. Yo no sabía que él era un escritor famoso, y un día empezamos a charlar. Con el tiempo, nos hicimos buenos amigos. Me contaba muchas cosas.<br />
–A mí me interesa saber una cosa en particular sobre su vida –le dije–. Sé de la existencia de un ayudante que tuvo que despedir porque no escribía las cosas que él dictaba, y me gustaría averiguar su nombre y, si es posible, encontrar los textos escritos por él en aquel tiempo.<br />
–¿Un ayudante que tuvo que despedir? Mmm… ¡Ah, sí! ¡El Tito, hombre!<br />
–¿Perdón?<br />
–El Tito… Mejor dicho, Roberto Bilbao. Era un chaval porteño que admiraba mucho al Ciego. Porque acá en el bar a Borges le decíamos el Ciego, ¿sabe? Nada de Jorge Luis. El apodo le resultaba divertido, solía decirnos: “he tomado la precaución de ser ciego para no tener que ver sus caras”. Ese hombre era la ostia.<br />
–Muy interesante lo que me cuenta, pero me gustaría centrarme en Roberto Bilbao.<br />
–Vale, vale. El Tito trabajó un tiempo con él. Al principio, redactaba al pie de la letra las palabras de Borges, pero luego comenzó a escribir cosas propias.<br />
–¿Y por qué hizo eso?<br />
–Es que el chaval quería ser escritor e intentó probar si sus textos podían ser publicados como si hubiesen sido escritos por Borges. Pero un día el Ciego se dio cuenta y lo despidió.<br />
–¿Cómo se dio cuenta?<br />
–El Ciego se percató de que el chaval no estaba escribiendo lo que él decía. A veces, él le dictaba cinco palabras y el Tito se ponía a escribir como veinte minutos. Así que una tarde le pidió que le repitiese una estrofa, con la excusa de revisar si había quedado bien, y lo cagó.<br />
–Qué historia increíble, realmente alucinante. ¿Sabe si Roberto sigue viviendo aquí?<br />
–¡Pues claro, hombre! Vive a dos calles de este bar, a veces me lo sigo encontrando.</p>
<p>Alfredo me dio la dirección de la casa de Roberto Bilbao, le agradecí enormemente su ayuda y partí para encontrarme al dichoso ayudante de Borges. Las calles de Ginebra son pequeñas y ordenadas; en algunas, hay tranvías que cumplen sus horarios con puntualidad suiza y, en otras, hay peatones y automovilistas que se pelean por cederse el paso. En mi opinión, demasiada paz para un país que es famoso por sus navajas.</p>
<p>Al llegar a la dirección indicada por Alfredo, toqué timbre y esperé a que me atendieran. Al rato, un hombre gordo, barbudo y con olor a whisky abrió la puerta.</p>
<p>–Hola, buenas tardes. Estoy buscando a Roberto Bilbao –le dije.<br />
–Soy yo. ¿Y usted quién es?</p>
<p>El estado de Roberto era tan lamentable que yo no podía distinguir si su carrera de escritor había sido un fracaso o si, en cambio, había resultado todo un éxito. Tenía una barba de tres meses, unas ojeras de dos metros y un aliento de dragón que hubiese volteado a San Jorge con caballo y todo.</p>
<p>–Mi nombre es Mario Prada, soy escritor y trabajo para la editorial Paspartú, de Argentina –le dije.<br />
–¿Y por qué me anda buscando?<br />
–Me enteré que usted trabajó con Borges en su juventud y quería hacerle una nota –le expliqué. Al nombrar al escritor, los ojos de Roberto se iluminaron.<br />
–Sí, yo trabajé con él, pero no entiendo porqué quiere hacerme una nota. Fue poco tiempo el que compartí con él.<br />
–Mire, lo que pasa es que en la editorial nos enteramos de que usted fue despedido porque no escribía exactamente lo que Borges le dictaba –dije. Roberto me cerró la puerta en la cara antes de que pudiera terminar la oración. Tuve que insistir varias veces con el timbre para que me volviera a abrir.<br />
–Disculpe que le haya cerrado la puerta, pero sigo sin comprender porqué quieren hacerme una entrevista. Lo que pasó con él fue algo que me avergüenza mucho.<br />
–No estoy aquí para juzgarlo. Solo quiero charlar un rato con usted. ¿Puedo pasar?</p>
<p>Roberto me dejó ingresar a su casa, más parecida a una zona de guerra que al hogar de una familia suiza. Vivía solo y en su hablar se notaba el acento suizo, que a lo largo de los años había hecho mella en su acento porteño. Aun así, su español era bastante bueno. Hablamos de su vida, pero lo más interesante fue que aún guardara esos textos que había escrito en lugar de los de Borges. Y aún más interesante fue que me los regalara para que sean publicados por la editorial.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.hacetehervir.com/wp-content/uploads/2012/03/separador.png"><img class="aligncenter size-full wp-image-75" alt="separador" src="http://www.hacetehervir.com/wp-content/uploads/2012/03/separador.png" width="35" height="10" /></a></p>
<p style="text-align: left;"><em>7 de mayo de 2012</em></p>
<p>Ya estoy nuevamente en Buenos Aires. Varsovia está muy contento por los resultados de mi investigación y hemos comenzado a preparar un libro con los datos y textos obtenidos. Pero antes de terminar con este diario, quiero dejar plasmada una de las poesías que Roberto Bilbao quiso confundir entre la obra de Jorge Luis Borges. La transcribo a continuación:</p>
<p style="padding-left: 30px;"><em>Dicen que soy muy dejado, pero el polvo es un adorno especial;</em><br />
<em> en mi casa el polvo es respetado, ¿cómo lo voy a limpiar?</em><br />
<em> Un pote con restos de helado descansa plácidamente en el sofá</em><br />
<em> y un vaso con Coca pegoteada hace juego con la humedad;</em><br />
<em> abro la heladera y sale un olor que, para mí, es perfume de París,</em><br />
<em> es un desodorante de ambiente que en otro lado no conseguís;</em><br />
<em> el piso cuenta mil historias con sus manchas del pasado,</em><br />
<em> es un registro estampado de anécdotas sobre una base gris;</em><br />
<em> al recorrerlo, me acuerdo de las fiestas, previas y juntadas,</em><br />
<em> y hasta de cuando cocinaba todas las comidas que cenaba;</em><br />
<em> llegando al living hay que tener más cuidado, porque me he patinado</em><br />
<em> con los restos indescriptibles de una caja con un logo de empanadas;</em><br />
<em> mi novia me dejó por un tipo que limpia su casa todas las semanas,</em><br />
<em> pero prefiero mi ausencia de franelas y mi cómoda cama llena de latas,</em><br />
<em> no la necesito a ella porque tengo una relación especial con una rata.</em></p>
<p>Como verás, querido diario, la capacidad literaria de Bilbao era realmente deplorable. Hubiese sido muy gracioso que uno de sus textos fuera confundido con uno de Borges. Pero lo ocurrido con Roberto me hizo pensar: ¿cómo saber si todos los textos publicados bajo el nombre de Jorge Luis Borges fueron realmente escritos por él? ¿Cómo saber si los libros ‘Historia universal de la infamia’, o, tal vez, ‘Ficciones’, o, quizás, ‘Fervor de Buenos Aires’ fueron dictados por él en lugar de haber sido mecanografiados por las manos anónimas y precisas de un ayudante que decidió colgarse de los ojos ciegos de un famoso escritor? Cómo saberlo…</p>
<div id="cuadro">A continuación pueden escuchar la versión radial de esta historia, leída en vivo en <a href="http://www.biendeojo.com.ar/" target="_blank">Bien de Ojo</a>, un programa de La 100 Bahía Blanca 101.9 Mhz.<center><object width="353" height="132"><embed src="http://www.goear.com/files/external.swf?file=d2e9202" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" quality="high" width="353" height="132"></embed></object></center></div>
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		<title>GPS</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Mar 2013 23:36:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Matías Mugione</dc:creator>
				<category><![CDATA[Humor]]></category>

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		<description><![CDATA[–&#8230;bueno, entonces, quedamos así. Voy a la dirección que usted me ha dado y ahí grabo las indicaciones para el aparatito ese. –Así es –contesta la voz al otro lado del teléfono. –Y, dígame, ¿yo podría grabar comentarios aparte de los guionados por ustedes? Es decir, ¿podría, digamos, soltarme y poner un poco de mi [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>–&#8230;bueno, entonces, quedamos así. Voy a la dirección que usted me ha dado y ahí grabo las indicaciones para el aparatito ese.<br />
–Así es –contesta la voz al otro lado del teléfono.<br />
–Y, dígame, ¿yo podría grabar comentarios aparte de los guionados por ustedes? Es decir, ¿podría, digamos, soltarme y poner un poco de mi estilo?<br />
–Sí, claro, siempre y cuando no se vaya por las ramas.<br />
–Eso no pasará. Despreocúpese.</p>
<p>Rigoberto Maimónides corta la comunicación con una sonrisa en su rostro. Por fin, todo lo que había estudiado a lo largo de tantos años iba a poder salir a la luz, gracias a una oportunidad insólita, pero única. Él se había anotado en un banco de voces y había sido seleccionado por una empresa que fabricaba GPSs. Rigoberto tendría que grabar indicaciones como “200 metros”, “gire a la derecha” y “recalculando”, pero él planeaba, también, ponerle su toque personal.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.hacetehervir.com/wp-content/uploads/2012/03/separador.png"><img class="aligncenter size-full wp-image-75" alt="separador" src="http://www.hacetehervir.com/wp-content/uploads/2012/03/separador.png" width="35" height="10" /></a></p>
<p>Tres meses después, Javier Silva entra en un local de electrodomésticos para comprar su primer GPS. Siempre le había costado memorizar el nombre de las calles y estaba encantado con esos nuevos aparatos que te daban indicaciones para llegar hasta un lugar específico.</p>
<p>Lo atiende una bella chica, empleada del local. El cartelito en su camisa azul indica que se llama Patricia. Tiene ojos marrones; es morocha; mide 1,60, como mucho, y tiene unas tetas hermosas. Mientras la mujer lo conduce a la sección de electrónica, Javier piensa en las cosas que le haría si no estuviese casado, y fantasea con la idea de que el GPS que adquiera, algún día, lo lleve hasta la dirección de su departamento.</p>
<p>Veinte minutos después, luego de ver varios modelos, Javier sale del local con la compra ya realizada. Lo había comprado en seis cuotas de $171,50 con su tarjeta de crédito. Al llegar a su casa, lo instala en su auto, un Fiat Duna Weekend.</p>
<p>Ocho horas después, Javier se sube al auto con Cecilia, su mujer, y con su hijo Joaquín, en una típica salida familiar. Joaquín tiene siete años y estuvo toda la semana jodiendo con que quería ir a tomar un helado, así que planeaban ir a la heladería y pasear un rato.</p>
<p>–Miren lo que compré –les dice Javier, orgulloso, señalando el GPS.<br />
–¿Qué es eso? –pregunta su hijo.<br />
–Es un GPS, sirve para saber dónde están los lugares y no perderse en la ciudad –explica Cecilia.<br />
–Vamos a probarlo. La heladería está en Brown 376, ¿no? –Javier dice la dirección con voz fuerte, para que la capte el GPS, y el aparatito mágico comienza a funcionar.<br />
–Dirígete hacia el noroeste en Miguel Cané hacia Pueyrredón –dice la voz poderosa de Rigoberto Maimónides, grabada tres meses antes en una oficina de Puerto Madero, en Capital Federal.<br />
–¡Genial! –grita Joaquín, desde el asiento de atrás, mientras Javier arranca el auto y comienza a circular. Unos metros después, el GPS da otra indicación:<br />
–Gire a la derecha hacia Pueyrredón. 500 metros. Disculpen la interrupción, pero he notado que se dirigen a la heladería Don Cucurucho. Seré curioso, ¿qué gustos van a pedir?</p>
<p>Los tres miraron el GPS al mismo tiempo, con las cejas levantadas y los ojos bien abiertos. ¿El aparato les había hecho una pregunta?</p>
<p>–Eeeh, yo voy a pedir de menta granizada –contesta Cecilia, con la duda de quien camina por una capa fina de hielo.<br />
–¡Y yo de chocolate y dulce de leche granizado! –responde Joaquín.<br />
–¿Y usted, Javier? –insiste el GPS ante el silencio del conductor, lo que provoca otra mirada de sorpresa de toda la familia y que Javier casi se lleve puesta a una vieja que estaba cruzando la calle.<br />
–Eh… yo voy a pedir de sambayón y de banana split –contesta, mirando de reojo a su esposa, quien le hace un gesto de desconcierto.<br />
–Gracias –dice el GPS, y sigue dando indicaciones como si nada hubiese pasado:–<br />
Gire a la izquierda hacia Beruti. 280 metros.</p>
<p>Javier continúa manejando, siguiendo las órdenes del GPS, hasta que llegan a un semáforo en rojo. Allí, el aparato aprovecha la pausa del recorrido y comienza a hablar nuevamente.</p>
<p>–No quiero molestarlos ni aburrirlos, ¿pero saben que nuestros sentidos pueden estar engañándonos? Tal vez la menta granizada no sea, realmente, menta granizada, y el sambayón puede que no sea sambayón. Todo lo que sabemos del mundo lo precibimos a través de nuestros sentidos: el gusto, el tacto, la vista, la audición, el olor. La pregunta es: ¿podemos confiar en ellos?&#8230;</p>
<p>Los tres vuelven a mirar el GPS y se produce un silencio incómodo.</p>
<p>–¿De qué mierda está hablando este cosito? Ya se rompió, me parece; la puta madre, voy a tener que cambiarlo. Pero está en garantía, eh…<br />
–Creo que está hablando de filosofía… –acota Cecilia.<br />
–¿Lo qué?<br />
–¿Qué es filosofía, mamá? –pregunta Joaquín.<br />
–La filosofía es… em… eh… em&#8230; Basta, no te metas en las conversaciones de los adultos, hijo –le contesta la mamá, mientras el GPS sigue hablando:<br />
–…no puedo dejar de nombrar la teoría de los cerebros en cubetas, planteada por Jonathan Dancy en su libro ‘Introducción a la epistemología contemporánea’. Resulta que todos podemos ser solo cerebros puestos en baldes que son controlados, a través de electrodos, por un científico loco. Por lo tanto, todo lo que vivimos no sería real, y eso incluye el gusto de los helados. Tampoco puedo dejar de contarles acerca de la hipótesis del genio maligno, planteada por René Descartes en las ‘Meditaciones metafísicas’&#8230;<br />
–Ay, por Dios, ¿podés cambiar la voz del aparato ese? Ponele una voz que te dé solo indicaciones del recorrido, porque me voy a volver loca –pide Cecilia.<br />
–Tranquila, Ceci –dice Javier, mientras estaciona y empieza a tocar botones del GPS al azar, tratando de quitar la voz de Maimónides. Pero lo único que logra es subir el volúmen, haciendo que varios vecinos se asomen por las ventanas y escuchen con atención la clase gratis de filosofía:<br />
–&#8230;disculpen el atrevimiento, pero a continuación dejaré de citar a grandes filósofos y expondré una humilde teoría propia: los gustos y las creencias son límites autoimpuestos por cada individuo por el miedo a ser todo, que es lo contrario a la nada. Y como bien sabemos, el todo y la nada son exactamente lo mismo, ya que tienen causas y consecuencias idénticas, como todo extremo. Entonces, ¿por qué pedir dulce de leche granizado en la heladeria Don Cucurucho, si podemos pedir, también, chocolate con pasas?<br />
–¡Porque ese gusto es horrible, la puta que te parió! –le responde Javier, que, claramente, ya estaba perdiendo los estribos, y comienza a golpear el GPS con el puño.<br />
–Pará, Javier, pará. Apagalo y listo. Tiene que tener un botón de apagado, ¿no? Si total sabemos dónde queda la heladería, no nos hace falta usar el GPS –lo tranquiliza su esposa.</p>
<p>Javier se calma y trata de encontrar el botón de apagado, haciendo oídos sordos de las palabras que seguían brotando del aparato como agua de un géiser.</p>
<p>–Dónde mierda está el botón para apagar esta cosa, la puta madre –dice–, todos los aparatos del mundo tienen un puto botón con un redondel y una línea, menos este&#8230;<br />
–No intente apagarme, querido amigo –responde el GPS–, la filosofía no tiene un botón de apagado. Mejor, quédese tranquilo y escuche atentamente las ideas de Sócrates, Platón, Artistóteles, Descartes, Spinoza, Locke, Hume, Berkeley, Kant, Hegel y Marx.<br />
–¿Y esos quiénes son? –pregunta Joaquín, con curiosidad, mientras el GPS sigue con su soliloquio filosófico.<br />
–No tengo la más puta idea. Creo que es la formación de Vélez en el Apertura 92 –contesta Javier, resignado por no poder cambiar la voz ni apagar el aparato, mientras tantea con la mano izquierda debajo de su asiento, tratando de dar con el bate de baseball que siempre lleva en aquel sitio.</p>
<p>Una vez hallado el bate, Javier le da el primer golpe al GPS mientras este comienza una charla sobre el periodo helenístico y realiza el último golpe, el de gracia, mientras el aparato empieza a contar la historia, ya casi sin energía, de la Ilustración. Es decir, tarda 2100 años de historia filosófica en hacer mierda un rectángulo de plástico negro que, por lo visto, estaba fabricado a prueba de robos y rupturas.</p>
<p>–¡Ahí tenés tu epistemología, la concha de tu madre! –le grita Javier, totalmente transpirado, al cadáver del GPS. El aparato había volado del auto a través de la ventanilla del conductor, que estaba abierta, y él se había bajado y le había seguido pegando durante unas dos cuadras, hasta que la voz del filósofo dio sus últimos estertores. Recién ahí se tranquilizó, respiró hondo y volvió al lugar donde había quedado su coche, su familia y su paz.</p>
<p>Diez minutos después, la familia llega a la heladería y cada uno pide los helados que había previsto comer. Cecilia pide un cucurucho de menta granizada, Javier elige un cucurucho con sambayón y banana split y a Joaquín le compran un vasito con chocolate y dulce de leche granizado.</p>
<p>Comen sus helados sentados en el banco pintado de blanco que hay en la vereda y se limpian las manos con las servilletas de papel, esas servilletas plastificadas que solo te desparraman más el helado en lugar de limpiarlo y que, por alguna burla del destino, solo están en los servilleteros de las heladerías. Joaquín sonríe, y Javier le da un beso a Cecilia.</p>
<p>La familia regresa a su casa. Javier sube al baño y se ducha, Joaquín se dirige a su habitación para jugar con los autitos y Cecilia plancha una pila de ropa mientras mira un concurso de cantantes en la televisión. Los tres actúan como si no hubiese pasado nada, pero, en el fondo de sus mentes, dudan sobre lo que están haciendo y sospechan que el GPS les ha indicado el recorrido hacia una realidad diferente.</p>
<div id="cuadro">A continuación pueden escuchar la versión radial de esta historia, leída en vivo en <a href="http://www.biendeojo.com.ar/" target="_blank">Bien de Ojo</a>, un programa de La 100 Bahía Blanca 101.9 Mhz.<center><object width="353" height="132" classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="src" value="http://www.goear.com/files/external.swf?file=15d1b1e" /><param name="wmode" value="transparent" /><param name="quality" value="high" /><embed width="353" height="132" type="application/x-shockwave-flash" src="http://www.goear.com/files/external.swf?file=15d1b1e" wmode="transparent" quality="high" /></object></center></div>
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		<title>El poeta de la barra</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Mar 2013 01:36:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Matías Mugione</dc:creator>
				<category><![CDATA[Humor]]></category>

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		<description><![CDATA[Francisco Artola abrió, con ansiedad, miedo y expectativa, el nuevo correo electrónico que había recibido. Este acababa de aparecer en su bandeja de entrada, más acostumbrada a recibir SPAM –por ejemplo, publicidades de alargadores peneanos– que correos de suma importancia. El remitente del correo era Editorial Paspartú, a la cual Artola había enviado, hacía unos [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Francisco Artola abrió, con ansiedad, miedo y expectativa, el nuevo correo electrónico que había recibido. Este acababa de aparecer en su bandeja de entrada, más acostumbrada a recibir SPAM –por ejemplo, publicidades de alargadores peneanos– que correos de suma importancia.</p>
<p>El remitente del correo era Editorial Paspartú, a la cual Artola había enviado, hacía unos meses, un libro de poesías escrito por él. El libro se titulaba ‘El guiño del tuerto, y otras poesías’ y estaba conformado por unos 125 poemas que había escrito a lo largo de su vida. El correo, firmado por Juan Carlos Varsovia, jefe editor de la editorial, decía lo siguiente:</p>
<p style="padding-left: 30px;">Estimado Artola:</p>
<p style="padding-left: 30px;">Le hacemos llegar este correo electrónico para informarle que su obra ha sido rechazada, ya que no se adapta al perfil que nuestra editorial está buscando en la actualidad. Además, creemos que la gente no será capaz de entender sus vigorosos poemas; la excelencia que demuestra en cada verso opacó a los demás escritores. Por último, cabe destacar su increíble capacidad a la hora de escribir comparaciones e hipérboles, que pegan en el lector, y las alegorías vertidas por mil al transitar las bellas estrofas.</p>
<p style="padding-left: 30px;">Así, su obra no podrá ser publicada por nuestra humilde editorial. Le rogamos que pruebe suerte con otra.</p>
<p>Artola se sintió desilusionado por el rechazo de su libro, pero, a la vez, se sintió muy bien por los halagos que había recibido. Entendía que su talento no podría ser comprendido por la mayoría de los lectores y que muchas editoriales priorizan la cantidad de ventas frente a la calidad literaria. Sus poemas eran de vanguardia y el común de las personas eran incapaces de disfrutarlos.</p>
<p>Sin embargo, su alegría se esfumó al recibir otro correo electrónico, enviado nuevamente por Juan Carlos Varsovia, bajo el título “Fe de erratas”. El e–mail contenía el siguiente texto:</p>
<p style="padding-left: 30px;">Estimado Artola:</p>
<p style="padding-left: 30px;">Ruego que disculpe mis errores en el correo electrónico enviado con anterioridad. Recién he llegado de una fiesta y el teclado se mueve mucho. A continuación, corrijo algunas frases escritas en el primer correo.</p>
<p style="padding-left: 30px;">Donde dice “la gente no será capaz de entender sus vigorosos poemas”, debe decir, en realidad, “la gente capaz no entenderá sus vergonzosos poemas”. Por otro lado, al escribir “la excelencia que demuestra en cada verso opacó a los demás escritores”, quise decir, en verdad, “la indecencia que muestra en cada verso ofendió a las damas y editores”.</p>
<p style="padding-left: 30px;">Además, donde se lee “cabe destacar su increíble capacidad a la hora de escribir comparaciones e hipérboles, que pegan en el lector”, debiera leerse “cabe atacar su increíble facilidad a la hora de aburrir con oraciones, hiper emboles se pega el lector”. Por último, no quise escribir “las alegorías vertidas por mil al transitar las bellas estrofas”, sino, más bien, “la alegría sentida por mí al terminar aquella bazofia”.</p>
<p>Francisco Artola había trabajado toda su vida en aquel libro. Había puesto sangre, sudor y lágrimas en aquella obra que el editor de una importante editorial consideraba, según sus propias palabras, una bazofia. Lo habían despedido del trabajo por escribir febrilmente sus poemas, incluso durante el horario laboral. Hacía meses que no se afeitaba y se había quedado sin dinero. La ilusión del éxito de su libro era lo único que lo había mantenido atado a la cordura… hasta ahora.</p>
<p><center><a href="http://www.hacetehervir.com/wp-content/uploads/2012/03/separador.png"><img class="size-full wp-image-75 aligncenter" alt="separador" src="http://www.hacetehervir.com/wp-content/uploads/2012/03/separador.png" width="35" height="10" /></a></center></p>
<p>En otro lado de la ciudad, el “Gordo Diablo” y “Manzanita”, miembros de la barra brava del Atlético Estomba, un club de fútbol de Bahía Blanca, hablaban en la mesa de un bar, mientras tomaban una cerveza y comían maníes salados.</p>
<p>–Gordo, necesitamos conseguir un nuevo inventor de canciones para la barra. Desde que quemaron al “Loco” López, las letras de las canciones van de mal en peor… –dijo “Manzanita”.<br />
–Es verdad, ¿escuchaste la nueva? Es con el ritmo de ‘Bombón Asesino’ de Los Palmera –contestó el “Gordo Diablo”.<br />
–No la escuché, sabés que últimamente no ando mucho por el club. A ver, cantamela…<br />
–Dice así: “Esta es la barra de Estomba, la que tiene más aguante, la que te tira bombas, forro puto vigilante”. ¡Es malísima!<br />
–Sí, la verdad que deja bastante que desear, aunque, por lo menos, tiene letra. Últimamente se la pasaban cantando esa con ritmo brasilero, que solo decía “AEAEAEAE” continuamente.<br />
–Es por las siglas del club… –aclaró el “Gordo”.<br />
–¡Ya sé, boludo! Pero igual, es malísima. Como te decía, tenemos que conseguir alguien que sea bueno con las palabras y que pueda inventar letras como la gente. No sale ninguna canción copada desde que se dedica a inventarlas “Pistola” Rodríguez, ¡es un pelotudo!<br />
–Tenés razón, che –dijo el Gordo, mientras se zampaba en el buche los últimos maníes del platito y se terminaba el vaso de birra–. Vamos a mi casa, tenemos que preparar los trapos para el partido del domingo.</p>
<p>Los barras salieron del bar y encararon para el lado del Canal Maldonado. La casa del Gordo quedaba en el Barrio Santa Margarita. Fueron caminando, riendo y gritándoles cosas obscenas a las chicas que veían pasar, pero al llegar al puente de calle Zelarrayán, a “Manzanita” se le borró la sonrisa de la cara.</p>
<p>–¡Mirá, Gordo! –dijo– ¡Un tipo se quiere tirar al canal!</p>
<p>Francisco Artola estaba parado sobre el puente, del lado de afuera de la baranda que separaba la vereda del vacío. El correo electrónico que había recibido de la editorial había terminado de desarmarle la fila de patitos, que ya no estaba muy derecha que digamos, y quería suicidarse.</p>
<p>–¡Sin poesía mi vida no tiene sentido! –gritaba, mientras lloraba desaforadamente y amagaba con arrojarse al duro fondo del canal. La sequía que azoraba a la región se dejaba notar en el pequeño y escaso curso de agua que había allí debajo.</p>
<p>El Gordo Diablo y Manzanita se acercaron con cautela para tratar de calmarlo y hacerle cambiar de parecer. Eran barras, pero tenían corazón. Podían romperle la cabeza con una piedra a un pibe que tenía la camiseta del equipo contrario, pero nada de andar dejando que la gente se suicide así como así.</p>
<p>–¡Che, loco! Pensá bien lo que vas a hacer, pensá en tu familia y en tus amigos –le dijo el Gordo.<br />
–¡Los poetas no tenemos familia ni amigos! –gritó Artola.<br />
–¿Cómo no vas a tener nada? Todos tenemos al…<br />
–¡Pará! –“Manzanita” interrumpió al Gordo– ¿Decís que sos poeta?<br />
–Sí, ¿y? ¿Vos sos editor, acaso? –preguntó Artola, quien se sostenía de la baranda con las manos mientras ponía un pie en el aire, como tanteando la estabilidad de la nada.<br />
–Emm… algo así… –respondió Manzanita– Esperá, hablo algo con mi amigo y vuelvo, eh. No te vayas…<br />
–No, hablá tranquilo que me voy a quedar acá, eh.</p>
<p>–Che, Gordo, este tipo es poeta y está desesperado. ¿Y si lo contratamos para la barra? Debe inventar buenas canciones… –le dijo Manzanita al Gordo Diablo.<br />
–Me parece buena idea –contestó el Gordo–. Dejame hablar con él… Flaco, no te tirés, no seas pelotudo –le gritó a Artola, quien estaba haciendo una cuenta regresiva empezando desde 100–, nosotros podemos conseguirte un trabajo en donde vas a escribir y vas a poder ganar algunos morlacos todos los meses.<br />
–¿Ah, sí? ¿Y cuál es ese trabajo? –respondió Artola<br />
–Nosotros somos de la barra del Estomba, y estamos buscando alguien que pueda inventar nuevas canciones, creativas, para romperles el culo a las demás hinchadas…<br />
–¿Y ustedes tienen plata? –preguntó el poeta, que comenzaba a interesarse con la idea de ganar dinero inventando rimas fáciles.<br />
–Obvio, papá. Tenemos trapitos, reventa de entradas y les pedimos parte del sueldo a los jugadores. No te preocupes, la mosca está –contestó Manzanita.</p>
<p>Artola aceptó el empleo de poeta de la barra y cambió de parecer acerca del suicidio. No iba a poder ser un gran escritor ni sería reconocido por sus libros, pero al menos podría tener un trabajo e iría a la cancha gratis, todo gracias a su habilidad a la hora de escribir. Esa misma noche, comenzó a inventar canciones para la hinchada del Atlético Estomba, y algunas las estrenó ese mismo domingo.</p>
<p>La primera canción inventada por Artola que cantó la barra, fue la siguiente, con el ritmo de la canción ‘Ella dijo’ de Estelares: “Estomba es la vida / me llena de alegría / lo sigo a todas partes / es como mi familia / mi alma reboza de sus colores / atiborrado de él estoy, oh, oh”.</p>
<p>También entonaron el siguiente cántico, hecho con la música de ‘El viejo’ de La Vela Puerca: “Vamos Estomba a ganar / esta tarde hasta el sol te va a alentar / sos la luna que me iluminó (en una noche!) / y que para siempre me llenó”.</p>
<p>Incluso, con el transcurrir de las semanas, Artola llegó a escribir una poesía sin música que la hinchada entera solía recitar al comienzo de cada partido. El poema estaba dedicado al ídolo del club, Rigoberto Sánchez, y tenía 108 versos. A continuación, pueden leer una de las estrofas:</p>
<p style="padding-left: 30px;"><em>Entonces Estomba llenó el aire</em><br />
<em> con la pasión de los trapos</em><br />
<em> y el ídolo Rigoberto mecido por serafines</em><br />
<em> cuyas pisadas, tacos y gambetas en el césped</em><br />
<em> ¡Ídolo –dije–, tu Dios te ha concedido</em><br />
<em> el don de tratar bien a la pelota!</em><br />
<em> ¡Golea, oh, al de camiseta diferente</em><br />
<em> y apabulla a los que piden la hora!</em><br />
<em> Y el Cuervo dijo: &#8220;Nunca más&#8221;.</em></p>
<p>Muchos notaron que Artola se había robado el poema ‘El cuervo’ de Edgar Allan Poe y que lo había adaptado al club. De hecho, el muy nabo hasta se había olvidado de cambiar el último verso, y lo había dejado exactamente como estaba escrito en el original. Cuando le insinuaron el error, el poeta encaró nuevamente para el Canal Maldonado, al grito de “¡No sirvo para nada!”, así que decidieron dejársela pasar, lo tranquilizaron y siguieron recitando el texto todos los partidos.</p>
<p>Finalmente, Francisco Artola hizo carrera en la poesía de las barras bravas y pudo vivir de su escritura. Casi siempre cobraba buen dinero; aunque, a veces, también cobraba en manos de las hinchadas rivales. “Pero bueno, gajes del oficio”, solía decir él. Con el tiempo, fue ascendiendo: abandonó la barra del Atlético Estomba y lo contrató la barra de Arsenal. Sus capos le pidieron que haga canciones especiales para ser cantadas por poca gente, por la ínfima cantidad de hinchas que poseía el equipo, y, en los últimos años de su vida, Artola se dedicó a inventar las canciones para la hinchada de San Lorenzo, donde disfrutó de un buen sueldo y de precios especiales en el Carrefour más cercano a su casa.</p>
<div id="cuadro">A continuación pueden escuchar la versión radial de esta historia, leída en vivo en <a href="http://www.biendeojo.com.ar/" target="_blank">Bien de Ojo</a>, un programa de La 100 Bahía Blanca 101.9 Mhz.<center><object width="353" height="132" classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="src" value="http://www.goear.com/files/external.swf?file=990f350" /><param name="wmode" value="transparent" /><param name="quality" value="high" /><embed width="353" height="132" type="application/x-shockwave-flash" src="http://www.goear.com/files/external.swf?file=990f350" wmode="transparent" quality="high" /></object></center></div>
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		<title>Los sótanos</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Feb 2013 01:47:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Matías Mugione</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En mi barrio todos tenemos cosas ocultas en nuestros sótanos. Seres. Algunos son monstruos gigantes; otros, tal vez, tienen extrañas criaturas que no puedo describir. Nunca los ví, pero los imagino. En realidad, tampoco puedo describir al monstruo que tengo en mi propio sótano. O, mejor dicho, que tenía en mi propio sótano. Hace unos [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>En mi barrio todos tenemos cosas ocultas en nuestros sótanos. Seres. Algunos son monstruos gigantes; otros, tal vez, tienen extrañas criaturas que no puedo describir.</p>
<p>Nunca los ví, pero los imagino.</p>
<p>En realidad, tampoco puedo describir al monstruo que tengo en mi propio sótano. O, mejor dicho, que tenía en mi propio sótano. Hace unos años abrí la puerta de un patada, al huír de un huracán, y él escapó. Sé que sigue estando en mi casa: lo puedo oler. Pero nunca más lo ví. Cuando yo estoy en la cocina, él se pasea por el piso de arriba. Lo puedo escuchar. Y cuando me pongo a regar el jardín, sospecho que “eso” se sienta en una de las sillas del comedor a ver pasar el tiempo.</p>
<p>Y yo, mientras riego el jardín, me pongo a mirar las otras casas que me rodean. Sobre todo esas ventanitas que están al ras del suelo y dan al sótano. Me obsesiona saber qué esconden. Algunas de esas pequeñas ventanas están tapadas con diarios, otras no. Y por las destapadas, a veces, suelo ver sombras que caminan en su interior. No sé si no veo una forma definida porque no se acercan a las ventanas, o porque simplemente son eso: sombras.</p>
<p>Entonces mis vecinos también salen a regar sus jardines. Porque, en mi barrio, todos arriesgamos nuestros estados de ánimo para salir y mantener vivas nuestras flores. Salimos y allí está la luz del sol, que ilumina nuestras sombras. Para evitar que nos vean, nos ponemos unos disfraces, y, entonces, nos saludamos y nos miramos cara a cara. Hacemos como si todo estuviese bien. Pero todos, mientras hablamos amablemente, estamos mirando de reojo las ventanitas de nuestros sótanos.</p>
<p>Ellos también miran las ventanas de mi sótano. Y yo pienso «Pobres, si supieran que “eso” ya no está allí».</p>
<p>Entonces nos ponemos a regar las flores de nuestros jardines. Algunas son rojas, otras son azules. Hay de todos los colores que puedan imaginar. Salvo las mías. Desde que abrí la puerta del sótano, mis flores son negras. No marchitas, simplemente negras.</p>
<p>Luego de cuidar nuestras flores, volvemos a entrar a nuestros hogares. Algunos se preparan para irse a estudiar o trabajar. Yo no puedo, tengo que cuidar que “eso” no escape. Entonces me siento en el comedor –creo que, en ese momento, él suele estar en el living– a mirar televisión.</p>
<p>Prendo la TV y pongo un noticiero. En él aparecen vecinos –no míos, pero seguramente sí vecinos de otras personas– quejándose de que alguno, en su barrio, dejó ver lo que tiene en el sótano. Los periodistas se muestran consternados, los vecinos también. Se quejan, resoplan, se sorprenden. Pero todos sabemos que, luego de apagarse la cámara, ellos van corriendo a sus casas para asegurarse de que sus monstruos sigan estando bajo sus casas.</p>
<p>Algunos, incluso, niegan la existencia de un sótano en sus hogares. «Ves, no hay nada debajo de la casa», me dijo un vecino hace un tiempo, mostrándome un plano prolijamente dibujado. Pero yo no puedo dejar de notar la existencia de aquellas ventanitas&#8230;</p>
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		<title>Aviso</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Feb 2013 10:09:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Matías Mugione</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Te harán creer que si luchás lo suficiente, podrás conseguirlo. Y, al ver que no es así, sufrirás una de las desiluciones más grandes de la vida. Algunas de tus peores pesadillas se harán realidad: gente que no debe irse, se irá; la injusticia se corporizará delante de tus ojos y la verdad comenzará a [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Te harán creer que si luchás lo suficiente, podrás conseguirlo. Y, al ver que no es así, sufrirás una de las desiluciones más grandes de la vida. Algunas de tus peores pesadillas se harán realidad: gente que no debe irse, se irá; la injusticia se corporizará delante de tus ojos y la verdad comenzará a contaminarse. Las palabras y la veracidad de los hechos empezarán a dejar de tener importancia. Intentarán clonarte y, probablemente, lo logren.</p>
<p>Sentirás, carajo, los huecos que van dejando las personas que te abandonan, de una u otra forma. Son huecos que no se pueden llenar con nada ni nadie: son dagas clavadas en medio del alma. La noche dejará de ser tu amiga: el acaudalado insomnio llegará al hotel de tu cerebro y pedirá una habitación penetrante. Más tarde, tal vez, trates de volver a amigarte con la noche por medio del alcohol, la droga y el sexo.</p>
<p>La mente no entenderá cosas y sus voces, desesperadas ellas, te llevarán al borde de un abismo. Te saldrá humo por las orejas, como si fueras un dibujo animado, con la única diferencia de que será bien real. La temperatura de la caldera llegará a temperaturas irrisorias y explotarás de alguna forma; tal vez, empieces a escribir. Reemplazarás las canciones de moda por las canciones que logren rescatarte del naufragio.</p>
<p>Por primera vez, perderás guerras. Verás, una y otra vez, cómo serás engañado por tu imaginación y conocerás el verdadero precio de las ilusiones. También conocerás a la maldad, el orgullo y la ambición. Te meterán, quieras o no, a los empujones, en un juego de deseos berretas y relaciones engañosas. Quedarás a mitad de camino entre la amistad y el amor, mierda. La valentía se te escurrirá por los poros y la seguridad en vos mismo armará las valijas y se irá lejos.</p>
<p>Serás víctima. Más adelante, serás victimario. La gente que te rodea comenzará a parecerte idiota. Hasta vos mismo te sentirás un pelotudo. Las ideas que tenías ya no las tendrás, y hasta puede ser que termines siendo todo lo contrario a lo que siempre quisiste ser. El miedo te hará tomar decisiones desesperadas y no te permitirá pedir disculpas. Te preocuparás en lugar de ocuparte, dudarás en lugar de hablar y hablarás cuando ya sea demasiado tarde. Dirás cosas que no te dejarán dormir y te dirán cosas por las cuales vas a odiar tener una memoria.</p>
<p>Solo eso. Nada más.</p>
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		<title>Ovación</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Jan 2013 23:17:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Matías Mugione</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[El señor canoso se agachó y comenzó a hablar: «Hola, ma. Vine para contarte algo que nunca dije: yo no quiero ser adulto. Siempre me imaginé la adultez como un lugar tortuoso donde te llevan por la fuerza entre un reloj gigante de brazos tan plateados como duros y un billete de piel verde y [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El señor canoso se agachó y comenzó a hablar:</p>
<p>«Hola, ma. Vine para contarte algo que nunca dije: yo no quiero ser adulto.</p>
<p>Siempre me imaginé la adultez como un lugar tortuoso donde te llevan por la fuerza entre un reloj gigante de brazos tan plateados como duros y un billete de piel verde y sensual. Y tus manos adolescentes tratan de evitarlo, clavando sus uñas en el suelo y dejando una fila de diez surcos en baldosas cada vez más descoloridas.</p>
<p>Y, luego, te atan a una máquina que tiene una especie de catapulta, que te lanza de forma horizontal y, aunque te deja ser feliz, sentís el gusto amargo de la inercia que no te deja moverte como realmente tus piernas desean. Te permiten nada más que una cosa muy improvisada llamada amor, donde podés refugiarte de vez en cuando, como una casucha de chapa en medio de una tormenta.</p>
<p>Pero no siempre fue así, ¿sabés? Hubo un tiempo en que soñaba con ser adulto. Mi sueño era formar una familia. Ahora, bien, no sabría decirte porqué esos sueños de adultez se esfumaron. Tal vez fue porque una mujer me los robó, la realidad me chocó de frente y, finalmente, quedé tan desorientado que nunca más pude encontrar ese camino».</p>
<p>Las arrugas decoraban la cara del señor canoso: surcos que podrían formar profundos ríos de lágrimas, si recordara cómo se lloraba&#8230; pero no lo hacía. Frente a él, una lápida maltratada por los puños del tiempo escuchaba con paciencia de mármol sus palabras. «Yo no quiero ser adulto», repitió en su cabeza, arrodillado frente a la tumba donde se encontraban los restos de lo que alguna vez había sido su madre.</p>
<p>Estaba cansado, pero feliz; se había sacado un peso de encima. Entonces, agarró su bastón y se puso de pie con dificultad. Cuando miró a su alrededor, se dio cuenta de que no estaba solo. Un semicírculo de personas lo rodeaban a una distancia prudencial, lo suficiente como para no molestarlo, pero no lo suficiente como para no escucharlo.</p>
<p>Al mirar con atención, notó que las personas, en realidad, no eran de carne y hueso. Eran translúcidas y sus pies no tocaban el suelo. Podía ver algunos árboles detrás de un señor de sombrero, el camino detrás de una niña, más lápidas detrás de una mujer de pelo castaño. Todos lo miraban con atención, algunos hasta lloraban emocionados.</p>
<p>Y, entonces, los muertos aplaudieron.</p>
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		<title>Personajes nefastos de la historia futbolística bahiense</title>
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		<pubDate>Wed, 30 May 2012 03:18:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Matías Mugione</dc:creator>
				<category><![CDATA[Humor]]></category>

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		<description><![CDATA[Mi trabajo como historiador en la Universidad Nacional de Sur me ha llevado a conocer datos curiosos sobre la historia futbolística de la ciudad de Bahía Blanca. Muchos de ellos fueron ocultados intencionalmente por la sinarquía que nos gobierna, con el temor de que se le eche la culpa a los gases contaminantes del Polo [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Mi trabajo como historiador en la Universidad Nacional de Sur me ha llevado a conocer datos curiosos sobre la historia futbolística de la ciudad de Bahía Blanca. Muchos de ellos fueron ocultados intencionalmente por la sinarquía que nos gobierna, con el temor de que se le eche la culpa a los gases contaminantes del Polo Petroquímico, pero hoy revelaré algunos de ellos y nada ni nadie me va a detener:</p>
<p><strong>Pichicho López</strong><br />
Árbitro bahiense que en sus años de gloria ha dirigido partidos de la Liga del Sur, pero su éxito como referee fue decayendo debido a sus hábitos poco ortodoxos al sancionar faltas en el campo de juego. Resulta que Roberto López era un aficionado a las películas de suspenso, afición que a través del tiempo se fue volviendo toda una obsesión, llegando a dominar completamente su vida.</p>
<p>Su problema se hizo visible por primera vez en un partido entre Olimpo y Bella Vista, aproximadamente a los 25 minutos del primer tiempo, cuando el jugador Enrique Urubandi, del club aurinegro, le metió un terrible planchazo al “Canario” Lancini, provocándole fractura expuesta de, y en este orden: tibia y peroné, omóplato izquierdo, esternocleidomastoideo y mandíbula.</p>
<p>Pichicho cobró la falta. Mejor dicho, hizo sonar el silbato, pero no señaló inmediatamente hacia ninguno de los arcos, cosa que hacen todos los árbitros para indicar hacia donde debe continuar el juego. El tipo se quedó unos quince segundos quieto, revoleando los ojos, hasta que finalmente señaló hacia el arco aurinegro. Efectivamente, había metido suspenso en el cobro del foul.</p>
<p>El caso más grave del suspenso arbitral de Pichicho sucedió dos meses más tarde y le valió tanto la expulsión de la Asociación Argentina de Árbitros como de un pase libre al neuropsiquiátrico. Sucedió en el partido entre Villa Mitre y Tiro Federal, luego de que Lucas Antuna, acérrimo defensor del club villero, le hiciera un terrible tacle a Fernando Salvetta. Este medía solo 1,50, así que voló hasta la tribuna ocupada por la barra local, donde amablemente lo invitaron a retirarse y nunca más se lo vio.</p>
<p>El árbitro hizo sonar su silbato pero, por supuesto, no señaló hacia ninguno de los arcos. Uno de los jugadores tirenses se acercó a él para protestar la falta y alcanzó a escuchar un leve “tururun tururun” que salía de su boca. Ya no solo metía suspenso, sino que también le hacía la banda sonora. El partido fue suspendido diez minutos después por el cuarto árbitro y, aún hoy, algunos jugadores van a visitarlo al hospital psiquiátrico para ver si, de una vez por todas, cobra la falta para Tiro Federal.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.hacetehervir.com/wp-content/uploads/2012/03/separador.png"><img class="aligncenter size-full wp-image-75" title="separador" src="http://www.hacetehervir.com/wp-content/uploads/2012/03/separador.png" alt="" width="35" height="10" /></a></p>
<p><strong>La hinchada del Atlético Estomba</strong><br />
El Atlético Estomba fue un club de fútbol bahiense que tuvo una vida útil de unos cinco años y que fue fundado por cuatro habitantes de la ciudad (borrachos y a la salida de un boliche), en 1995, en honor al Coronel Ramón Bernabé Estomba, flamante fundador de Bahía Blanca. El club no solo es recordado por sus deplorables hazañas fubolísticas, sino también por su hinchada, que era tan amarga y tenía tan pocos simpatizantes que los jugadores de la institución solían salivar e insultar a los hinchas al terminar el partido, y no al revés, ofuscados por la falta de aliento.</p>
<p>El hecho más oscuro de la hinchada del Estomba sucedió en un partido contra Liniers en 1998, cuando Oscar Chuberry rompió uno de los alambrados y comenzó a repartir sopapos a diestra y siniestra. Cabe aclarar que Chuberry era el 9 del equipo, quien se cansó del silencio de la hinchada, y que Diestra y Siniestra eran los capos de la barra. El jugador traspasó el alambre para entrar a la tribuna y pegarle a los hinchas estombenses al grito de “¡Canten hijos de puta!”. Unos minutos después volvió al partido como si nada, envuelto en una de las banderas que les había afanado, y fue detenido por la policía.</p>
<p>Atlético Estomba desapareció a principios del año 2000 debido a que los dirigentes no pudieron seguir sosteniendo la paupérrima situación económica del club. “No tenemos socios, la gente no viene a la cancha” declaró Pedro Lorenzo, presidente de la institución, mientras se preparaba un fernet con coca. “Después de lo que sucedió con Chuberry la mayoría de los hinchas dejaron el club por miedo a nuevas represalias de parte del plantel”, agregó.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.hacetehervir.com/wp-content/uploads/2012/03/separador.png"><img class="aligncenter size-full wp-image-75" title="separador" src="http://www.hacetehervir.com/wp-content/uploads/2012/03/separador.png" alt="" width="35" height="10" /></a></p>
<p><strong>El hincha de las muletas</strong><br />
En muchas de las tribunas del fútbol argentino se suelen ver a simpatizantes que, en medio de la hinchada, no hacen más que levantar las muletas y agitarlas al ritmo de los cánticos. Pocos saben que estos hinchas, en realidad, son uno solo. Se trata de Pepe Vergara, un bahiense que desde 1987 asiste a las canchas con su par de muletas y la pierna enyesada.</p>
<p>Muchos afirman que la quebradura es parte de una cábala que se inició en un partido entre Olimpo y Villa Mitre, en donde el club aurinegro ganó por goleada luego de una larga racha de derrotas contra su clásico rival, mientras él agitaba las muletas en su popular. En aquel encuentro, Pepe estaba realmente quebrado, pero se rumorea que, desde ese entonces, lleva el yeso de adorno o, incluso, que se quiebra intencionalmente.</p>
<p>Pepe asiste a la mayor cantidad posible de partidos todas las fechas, siempre y cuando su presupuesto y las distancias lo permitan. No hincha por ningún equipo en particular, pero suele frecuentar las tribunas de los cuadros que, por alguna misteriosa razón, quiere que les vaya bien. Las malas lenguas dicen que, desde que empezó el Gran DT, a Vergara se lo ve por las calles bahienses a bordo de un BMW y que ya no saluda a sus amigos de la infancia.</p>
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