GPS

Por Matías Mugione

–…bueno, entonces, quedamos así. Voy a la dirección que usted me ha dado y ahí grabo las indicaciones para el aparatito ese.
–Así es –contesta la voz al otro lado del teléfono.
–Y, dígame, ¿yo podría grabar comentarios aparte de los guionados por ustedes? Es decir, ¿podría, digamos, poner un poco de mi estilo?
–Sí, claro, siempre y cuando no se vaya por las ramas.
–Eso no pasará. Despreocúpese.

Rigoberto Maimónides corta la comunicación con una sonrisa en su rostro. Por fin, todo lo que había estudiado a lo largo de tantos años iba a poder salir a la luz, gracias a una oportunidad insólita, pero única: se había anotado en un banco de voces y había sido seleccionado por una empresa que fabricaba aparatos de geolocalización. Rigoberto tendría que grabar indicaciones como “200 metros”, “gire a la derecha” y “recalculando” para los GPS, aunque planeaba también ponerle su toque personal.

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Tres meses después, Javier Silva entra en un local de electrodomésticos para comprar su primer GPS. Siempre le había costado memorizar el nombre de las calles y estaba encantado con esos nuevos aparatos que te daban indicaciones para llegar hasta un lugar específico.

Lo atiende una bella chica, empleada del local. El cartelito en su camisa azul indica que se llama Patricia. Tiene ojos marrones; es morocha; mide 1,60, como mucho, y tiene unas tetas hermosas. Mientras la mujer lo conduce a la sección de electrónica, Javier piensa en las cosas que le haría si no estuviese casado, y fantasea con la idea de que el GPS que adquiera, algún día, lo lleve hasta la dirección de su departamento.

Veinte minutos después, luego de ver varios modelos, Javier sale del local con el suyo en una bolsa. Lo había comprado en seis cuotas con su tarjeta de crédito. Al llegar a su casa, lo instala en el auto, un Fiat Duna Weekend.

Ocho horas después, Javier se sube al auto con Cecilia, su mujer, y con su hijo Joaquín, en una típica salida familiar. Joaquín tiene siete años y estuvo toda la semana jodiendo con que quería ir a tomar un helado, así que planeaban ir a la heladería y pasear un rato.

–Miren lo que compré –les dice Javier, orgulloso, señalando el GPS.
–¿Qué es eso? –pregunta su hijo.
–Es un GPS, sirve para saber dónde están los lugares y no perderse en la ciudad –explica Cecilia.
–Vamos a probarlo. La heladería está en Brown 376, ¿no? –Javier dice la dirección con voz fuerte, para que la capte el GPS, y el aparatito mágico comienza a funcionar.
–Dirígete hacia el noroeste en Miguel Cané hacia Pueyrredón –dice la voz poderosa de Rigoberto Maimónides, grabada tres meses antes en una oficina de Puerto Madero, en Capital Federal.
–¡Genial! –grita Joaquín, desde el asiento de atrás, mientras Javier arranca el auto y comienza a circular. Unos metros después, el GPS da otra indicación:
–Gire a la derecha hacia Pueyrredón. 500 metros. Disculpen la interrupción, pero he notado que se dirigen a la heladería Don Cucurucho. Seré curioso, ¿qué gustos van a pedir?

Los tres miraron el GPS al mismo tiempo, con las cejas levantadas y los ojos bien abiertos. ¿El aparato les había hecho una pregunta?

–Eeeh, yo voy a pedir de menta granizada –contesta Cecilia, con la duda de quien camina por una capa fina de hielo.
–¡Y yo de chocolate y dulce de leche granizado! –responde Joaquín.
–¿Y usted, Javier? –insiste el GPS ante el silencio del conductor, lo que provoca otra mirada de sorpresa de toda la familia y que Javier casi se lleve puesta a una vieja que estaba cruzando la calle.
–Eh… yo voy a pedir de sambayón y de banana split –contesta, mirando de reojo a su esposa, quien le hace un gesto de desconcierto.
–Gracias –dice el GPS, y sigue dando indicaciones como si nada hubiera pasado:–
Gire a la izquierda hacia Beruti. 280 metros.

Javier continúa manejando, siguiendo las órdenes del GPS, hasta que llegan a un semáforo en rojo. Ahí el aparato aprovecha la pausa del recorrido y comienza a hablar nuevamente.

–No quiero molestarlos ni aburrirlos, ¿pero saben que nuestros sentidos pueden estar engañándonos? Tal vez la menta granizada no sea, realmente, menta granizada, y el sambayón puede que no sea sambayón. Todo lo que sabemos del mundo lo precibimos a través de nuestros sentidos: el gusto, el tacto, la vista, la audición, el olor. La pregunta es: ¿podemos confiar en ellos?

Los tres vuelven a mirar el GPS y se produce un silencio incómodo.

–¿De qué mierda está hablando este cosito? Ya se rompió, me parece. La puta madre, voy a tener que cambiarlo. Pero está en garantía, eh.
–Creo que está hablando de filosofía –acota Cecilia.
–¿Lo qué?
–¿Qué es filosofía, mamá? –pregunta Joaquín.
–La filosofía es… em… eh… em… Basta, no te metas en las conversaciones de los adultos, hijo –le contesta ella, mientras el GPS sigue hablando:
–…no puedo dejar de nombrar la teoría de los cerebros en cubetas, planteada por Jonathan Dancy en su libro Introducción a la epistemología contemporánea. Resulta que todos podemos ser solo cerebros puestos en baldes que son controlados, a través de electrodos, por un científico loco. Por lo tanto, todo lo que vivimos no sería real, y eso incluye el gusto de los helados. Tampoco puedo dejar de contarles acerca de la hipótesis del genio maligno, planteada por René Descartes en las Meditaciones metafísicas
–Ay, por Dios, ¿podés cambiar la voz del aparato ese? Ponele una voz que te dé solo indicaciones del recorrido, porque me voy a volver loca –pide Cecilia.
–Tranquila, amor –dice Javier, mientras estaciona y empieza a tocar botones del GPS al azar, tratando de quitar la voz de Maimónides. Pero lo único que logra es subir el volúmen, haciendo que varios vecinos se asomen por las ventanas y escuchen con atención la clase gratis de filosofía:
–…disculpen el atrevimiento, pero a continuación dejaré de citar a grandes filósofos y expondré una humilde teoría propia: los gustos y las creencias son límites autoimpuestos por cada individuo por el miedo a ser todo, que es lo contrario a la nada. Y como bien sabemos, el todo y la nada son exactamente lo mismo, ya que tienen causas y consecuencias idénticas, como todo extremo. Entonces, ¿por qué pedir dulce de leche granizado en la heladeria Don Cucurucho, si podemos pedir, también, chocolate con pasas?
–¡Porque ese gusto es horrible, la puta que te parió! –le responde Javier, que, claramente, ya estaba perdiendo los estribos, y comienza a golpear el GPS con el puño.
–Pará, Javier, pará. Apagalo y listo. Tiene que tener un botón de apagado, ¿no? Si total sabemos dónde queda la heladería, no nos hace falta usar el GPS –lo tranquiliza su esposa.

Javier se calma y trata de encontrar el botón de apagado, haciendo oídos sordos de las palabras que seguían brotando del aparato como agua de un géiser.

–Dónde mierda está el botón para apagar esta cosa, la puta madre –dice–, todos los aparatos del mundo tienen un puto botón con un círculo y una línea, menos este…
–No intente apagarme, querido amigo –responde el GPS–, la filosofía no tiene un botón de apagado. Mejor, quédese tranquilo y escuche atentamente las ideas de Sócrates, Platón, Artistóteles, Descartes, Spinoza, Locke, Hume, Berkeley, Kant, Hegel y Marx.
–¿Y esos quiénes son? –pregunta Joaquín, con curiosidad, mientras el GPS sigue con su soliloquio filosófico.
–No tengo la más puta idea. Creo que es la formación de Vélez en el Apertura 92 –contesta Javier, resignado por no poder cambiar la voz ni apagar el aparato, mientras tantea con la mano izquierda debajo de su asiento, tratando de dar con el bate de baseball que siempre lleva en aquel sitio.

Una vez hallado el bate, Javier le da el primer golpe al GPS mientras este comienza una charla sobre el periodo helenístico y realiza el último golpe, el de gracia, mientras el aparato empieza a contar la historia, ya casi sin energía, de la Ilustración. Es decir, tarda 2100 años de historia filosófica en hacer mierda un rectángulo de plástico negro.

–¡Ahí tenés tu epistemología, la concha de tu madre! –le grita Javier, totalmente transpirado, al cadáver del GPS. El aparato había volado del auto a través de la ventanilla del conductor, que estaba abierta, y él se había bajado y le había seguido pegando durante unas dos cuadras, hasta que la voz del filósofo dio sus últimos estertores. Recién ahí se tranquilizó, respiró hondo y volvió al lugar donde había quedado su coche, su familia y su paz.

Diez minutos después, la familia llega a la heladería y cada uno pide los helados que había previsto comer. Cecilia pide un cucurucho de menta granizada, Javier elige un cucurucho con sambayón y banana split y a Joaquín le compran un vasito con chocolate y dulce de leche granizado.

Comen sus helados sentados en el banco pintado de blanco que hay en la vereda y se limpian las manos con esas servilletas plastificadas que solo te desparraman más el helado en lugar de limpiarlo y que, por alguna burla del destino, solo están en los servilleteros de las heladerías. Joaquín sonríe y Javier le da un beso a Cecilia.

La familia regresa a su casa. Javier sube al baño y se ducha, Joaquín va a su habitación para jugar con los autitos y Cecilia plancha una pila de ropa mientras mira un concurso de cantantes en la televisión. Los tres actúan como si no hubiera pasado nada, pero en el fondo de sus mentes dudan sobre lo que están haciendo y sospechan que el GPS les indicó el recorrido hacia una realidad diferente.

Foto: MIKE

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