La antena que ladraba

Por Matías Mugione

–¡Mirá, vieja, mirá! –me gritó Ezequiel desde el comedor. Yo fui corriendo y me encontré con mi hijo y sus ojos pegados al televisor y una sonrisa de oreja a oreja– ¡Discovery Channel!

Justo en ese momento también llegó mi marido, Roberto, que también había escuchado los gritos, y nos quedamos los dos mirando embobados el televisor. Luego nos miramos mutuamente. Después miramos otra vez el tele, como para confirmar que no había sido una ilusión óptica. Y, finalmente, nos miramos los tres.

Eso ocurrió el mismo día en que el pelotudo de nuestro perro cruzó la calle sin mirar para los dos lados y, por lo tanto, no vio a la chata del Tito, que venía a toda velocidad porque llevaba a la Organización de Fans Post Mortem a uno de sus nuevos operativos.

–¡Cuidado, Black! –alcanzó a gritar Roberto, pero ya era demasiado tarde. Veinte minutos después estábamos toda la familia en el veterinario, donde el Dr. Leguizamón nos informó que las heridas no eran tan graves y le puso a nuestro perro un collar isabelino, para que no se lastime más ni se saque los vendajes al lamerse las heridas. Esa misma tarde volvimos a nuestra casa y unas horas después fue cuando Eze descubrió que el canal de documentales estaba en nuestra TV.

–¡Ya mismo llamo al cable! –anunció Roberto.
–¿Qué cable, viejo? Si no tenemos –acoté.
–¡Por eso! ¿Qué hace Discovery Channel en nuestro Trinitron?
–Dejá, Pa. A ver si se avivan. Yo quiero ver la Semana del Tiburón.
–No, dejá nada, hijo. ¡A ver si nos cobran! Vos vas a conocer la cantidad de dientes del tiburón blanco y yo te voy a bajar los dientes cuando llegue la factura –y luego me miró a mí– Marta, pasame la guía.

Pero no hizo falta que buscara la guía, porque en ese momento Black se movió y la tele cambió de canal mágicamente. La imagen del partido entre Chacarita y Aldosivi llenó la pantalla del Trinitron y ahí mi marido como que se tranquilizó un poco, se sentó en la silla y murmuró que él también quería ver al Tiburón.

«¡Ponete ahí, perro de mierda!» escuché que gritaba mi hijo en el living. El día anterior nuestro perro había sido atropellado y el veterinario, sin querer, lo había transformado en una antena parabólica móvil. Y el problema era ese, que era móvil, y dependiendo del lugar en donde estaba, y de su posición, iba variando la señal que recibía el canal 02 de nuestro tele.

Mi marido, mi hijo y mi hija Lucía (que había llegado a la noche de la facultad y se había enterado tarde de la buena nueva) estuvieron toda la madrugada despiertos disfrutando de los placeres de la TV por cable, algo que nunca habíamos tenido. De a poco fueron descubriendo cuáles canales se veían de acuerdo a la posición de Black, un poco sin querer y otro poco obligando al perro a ponerse en diferentes lugares. De hecho, armaron una lista que indicaba lo siguiente:

Black recostado en un rincón: Discovery Channel
Black sentado: TyC Sports
Black panza arriba: CNN
Black dando la pata: Utilísima
Black cagando: Playboy TV
Black arriba del abuelo: Animal Planet
Black en el horno: MTV
Black en el horno (prendido): AXN

La lista continuaba así. En una noche habían descubierto 281 canales y el pobre perro había quedado agotado. Pero la aventura recién comenzaba para Black…

El martes descubrí que el pajero de Ezequiel había invitado a sus amigos y que le había dado toda la bolsa de alimento balanceado para que el perro tenga la descompostura de su vida y poder ver Playboy TV toda la tarde. Aunque lo peor que le pasó fue cuando Lucía se envició con Lost y tuvo al perro en el horno durante cinco horas. Por suerte había puesto el fuego suave (porque descubrió que con el fuego fuerte se veía FOX), y Black solo salió un poco más negro que de costumbre.

Yo era la más buena con él, aunque tengo que admitir que de vez en cuando le pedía la patita para ver a Choly Berretiaga cocinarse algo rico.

Dos semanas después lo llevamos nuevamente al veterinario para que lo revisara y le sacara, muy a nuestro pesar, el collar isabelino. El perro estaba despeinado, un poco quemado por culpa de Jake y Kate y le temblaba todo el cuerpo por el estrés de ser una antena durante quince días. Pero por el tema del atropello estaba bárbaro, así que el doctor le quitó el collar.

-Oiga, señor… ¿nos podemos llevar eso? –le preguntó Ezequiel, señalándolo.

El veterinario lo miró extrañado, pero al ver que nosotros estábamos de acuerdo se lo dio. Así que seguimos teniendo televisión por cable, aunque ahora le pusimos el collar isabelino al abuelo para dejar tranquilo al pobre Black. Eso sí, el forro de mi suegro no me quiere dar la mano ni entra en el horno (ya probamos y nos cagó a bastonazos), pero Eze y mi marido están felices porque el nono caga cada dos por tres. Seguro que ahora abandonan el plan de dejarlo en un geriátrico.

Foto: abbyladybug
3 Comments
  1. Jack abril 28, 2012

    Jajajaja, esta muy bueno… Ojalá hubiese funcionado con mis dos perros, nos ahorrábamos mucha plata en cable!! Jajaja

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    • Matías Mugione abril 28, 2012

      Gracias Jack! También sirven a modo de bol, pero es complicado cocinar algo porque el perro se lo come.

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  2. Luciano Sívori julio 7, 2013

    Jajajajaja…

    Black en el horno (prendido): AXN
    Asperísimo!!

    El final es genial… un cuento realmente original y divertido. Me gustó mucho.

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