La máquina de restar puntos

Por Matías Mugione

Sabrina mueve el espejo retrovisor para poder ver la caja que lleva en el asiento trasero. No aguanta las ganas de llegar a su casa para abrirla. Alcanza a desviar la vista justo para ver el semáforo en rojo y pega una frenada que hace chirriar los neumáticos. Alguien toca bocina, pero no le importa, solo gira la cabeza para comprobar que la caja esté en su lugar, firme.

Aprovecha el tiempo muerto en la esquina para mirar el cielo. Una horda de tordos cruza el atardecer entre los edificios, en una sombra tan anárquica como ordenada que busca el árbol donde siempre duermen. Los mira embobada hasta que alguien vuelve a tocar bocina. El semáforo está en verde. Sabrina acelera despacio, cuidando que la caja no se mueva.

Ya en su casa, apoya la caja en un escritorio que había liberado especialmente para ese momento. Con un cúter corta la cinta adhesiva y mueve las solapas, para dejar a la vista por fin lo que tanto había esperado: la máquina de restar puntos, que había pedido por Mercado Libre. Con cuidado la saca del envoltorio y la apoya sobre la madera.

Mira con atención cada detalle. Tiene un contador analógico con el número 9999; botones rojos, verdes y amarillos repartidos en una superficie metálica pintada de azul, y una palanca también de metal brilloso terminada en una bola roja.

Comprueba que en la caja no hay nada más, ni cables ni un manual de instrucciones. No importa —piensa—, debe ser fácil. Decide directamente tirar de la palanca, para ver qué pasa, y comprueba con gusto cómo los botones encienden sus luces y cómo el 9 al final del contador se mueve para dejar su lugar a un 8.

La mira hipnotizada, pero se asusta al escuchar un ruido en el techo. Segundos después, otro más, como si alguien estuviera tirando objetos sobre las tejas. Un ruido seco se oye del otro lado de la ventana y Sabrina se asoma. Afuera, sobre la vereda y en la calle, cientos de tordos caen muertos, reventando contra las baldosas y el asfalto.

Cierra la cortina y se acerca al escritorio. Guarda la máquina en la caja y se acuesta en el sillón, donde se duerme tras un largo rato, entre los gritos de sus pensamientos y los ruidos de los cadáveres de las aves, que esa noche encuentran un lugar diferente para dormir.

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