La peluquería de Doña Luisa

de Matías Mugione

El secretario de Obras y Servicios Públicos de la Municipalidad de Bahía Blanca estaba preocupado por el gran crecimiento de un sector en particular del barrio Pedro Pico. La zona estaba delimitada por las calles Undiano, Thompson, Ing. Luiggi y Santa Fe y en los últimos meses había ocurrido allí algo muy extraño: se habían abierto una gran cantidad de locales comerciales. De hecho, una empresa constructora había tirado abajo una manzana entera y estaba construyendo un centro comercial.

¿Por qué se estaba gestando una especie de segundo microcentro en aquel sector de la ciudad donde antes solo había casas particulares y solo algún que otro comercio de barrio? El secretario quería saberlo, así que envió a uno de sus empleados para que averiguase qué pasaba.

Mauricio Baigorria fue al barrio y se encontró con una vecina del lugar, una tal Alicia, que estaba sentada en una silla en la vereda. Por allí estaban circulando cientos de personas con bolsas en la mano que frenaban su andar cada tanto para mirar vidrieras. Parecía que la anciana solo estaba chusmeando, como suelen hacer las señoras de su edad, pero cada tanto lanzaba un grito avisando que vendía tejidos.

–Disculpe, señora. Mi nombre es Mauricio Baigorria y trabajo en la Municipalidad…
–Sí, dígame qué se le ofrece. ¿Quiere alguna bufanda? Las tejo yo misma, son de excelente calidad. Y son baratas, eh, nada de dólar blue acá en el barrio…
–No, no. No vine a comprar cosas. Me mandaron para averiguar porqué creció tanto la actividad comercial en la zona en los últimos meses. ¿Usted sabe algo?
–Ah sí, yo le puedo contar cómo ocurrió todo, porque con mi marido vivimos acá desde siempre. Todo empezó cuando Doña Luisa abrió su peluquería. La pobre cortaba tan mal el pelo que provocó la apertura de varios negocios a su alrededor.
–Déjeme ver si entiendo, ¿usted me está diciendo que todo este movimiento comercial comenzó solo por una mala peluquera?
–Así es, el primer comercio que abrió luego de la apertura de la peluquería fue uno de abogados: el estudio jurídico Molina. Comenzó en un local chiquito y ahora ocupa casi media cuadra.

La anciana señaló un gran local que había justo en la vereda de enfrente. Baigorria miró y comprobó que, efectivamente, el Estudio Jurídico Molina era gigante. En ese momento, un hombre de traje y con anillos de oro se bajaba de un Mercedes Benz y entraba por la puerta.

–Ese es Molina –dijo Alicia, señalándolo–. Se llenó de plata con todos los juicios que los clientes de la peluquería le hacían a Doña Luisa. El negocio de ella estaba justo al lado. La gente salía de cortarse el pelo y entraba directamente al estudio jurídico. Era como tener un kiosco al lado de un colegio.
–Increíble, ¿y cómo siguió el crecimiento comercial del barrio?

En ese momento, un viejo con pinta de que recién se había despertado de la siesta salió de la casa y le preguntó a Alicia qué pasaba.

–Señor, estaba hablando con su esposa porque soy de la Municipalidad y me interesa saber a qué se debe el crecimiento del barrio –le explicó Baigorria–. Ya me contó lo de la peluquería y lo del estudio jurídico…
–Ah, sí, sí. Yo le sigo contando, porque mi señora tiene que seguir vendiendo sus tejidos. La competencia es terrible.
–Está bien, cuénteme.
–Después del estudio jurídico abrió un consultorio psicológico. Allí iban las mujeres deprimidas luego de cortarse el pelo en lo de Doña Luisa. ¡Quedaban como varones, quedaban! Así que se las podía ver salir llorando de la peluquería y entrando al consultorio de la psicoloca.
–Supongo que a la psicóloga le habrá ido muy bien, al igual que al abogado…
–Así es, pero quien realmente se llenó de guita fue Maribel. Empezó vendiendo gorros tejidos en un puestito en la vereda de su casa, a pocos metros de la peluquería. La gente salía desesperada buscando algo para taparse la cabeza a toda costa. ¡Vendía gorros a 50 dólares, vendía! Ahora tiene una tienda de ropa con veinte empleados.
–Increíble lo que usted me cuenta. ¿Y qué pasó con la peluquería de Doña Luisa? Porque no la veo en la cuadra…
–Mire, es medio triste. Resulta que su pésima habilidad cortando el pelo no solo atrajo a comerciantes. También llegaron al barrio unos mafiosos chechenos, y algunos clientes de la peluquería contrataron a sus sicarios.
–Pobre Luisa, no era una mala persona… –acotó Alicia.
–No, solo tenía parkinson –dijo su marido–. Lo bueno es que las ganancias de los vecinos del barrio han crecido enormemente. ¡Yo me hice el segundo piso, me hice! Y después dicen que la economía del país está mal. Todo se solucionaría con muchas malas peluqueras, ¿sabe?

A continuación pueden escuchar la versión radial de esta historia, leída en vivo en Bien de Ojo, un programa de La 100 Bahía Blanca 101.9 Mhz.
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