La selección del Vaticano

de Matías Mugione

Se acercaba el Mundial de fútbol y el Vaticano no quería quedarse afuera, así que decidió formar una selección con los curas más habilidosos. No consiguieron… pero bueno, llamaron a los veinte más fieles y menos viejos que encontraron. El equipo formaba de la siguiente manera: Samuel en el arco; Abel en defensa; en el mediocampo Adriel, Rubén, Ezequiel y el padre Mario; y en la delantera estaban Caín, Ariel, Ciro, Darío y Eclesiastés. Sí, sí… la alineación era 1-3-5: o no tenían mucha idea de fútbol o se tenían una fe bárbara.

Ya en el Mundial, todos los equipos jugaban contra el Vaticano muy confiados en ganar, pero no sabían que los curas tenían un as bajo la manga. Increíblemente, la Selección del Vaticano llegó a la final y el partido para definir quién era el campeón del mundo fue contra Inglaterra.

 

Salen a la cancha los equipos. Inglaterra de rojo y el Vaticano de amarillo y blanco… horrible. Los curas, ya en sus extrañas posiciones dentro del campo de juego, se arrodillan y rezan un rosario mientras los ingleses los miran con cara de “los vamos a comer crudos”.

Comienza el partido. Los ingleses dan el puntapié inicial pero la pelota hace un efecto raro y cae en los pies del padre Mario. Este tira al arco desde mitad de cancha y, cuando el arquero inglés la va a agarrar, se abre un pozo en el medio del área, lo chupa y se cierra: gol. Vaticano 1, Inglaterra 0. Entra el arquero suplente.

Transcurren quince minutos del primer tiempo y tiene la pelota el inglés Rooney. Empieza en la mitad de la cancha, da media vuelta y corre rápidamente hacia el arco contrario. Esquiva a un cura, esquiva a otro, esquiva un pozo (la gente grita ¡Ole!), esquiva una Biblia, enfrenta a Samuel y también lo gambetea… ¡Genio! ¡Genio! ¡Ta ta ta ta, go…! ¡PUM! Cae un rayo del cielo y lo fulmina. Desaparecen Rooney y la pelota, sólo queda humo flotando. El relator, sorprendido, grita: “¡Rayito cósmico! ¿De qué planeta viniste?”. La gente mira al cielo y vé que está despejado, se escuchan murmullos: “¡Mierda! Que tiempo loco”. No entra ningún suplente en reemplazo del desaparecido jugador, ya que, según palabras del entrenador, “they are cagadows”.

Finaliza el primer tiempo. El cartel luminoso muestra el resultado parcial: 17 para el Vaticano y 0 para Inglaterra. En el vestuario, los curas rezan 20 padrenuestros, 15 aves marías, 2 credos, y le dan a un Baron B con la excusa de que “es la sangre de Cristo”. En cambio, en el vestuario inglés los jugadores estaban muy enojados, pero con miedo. En la mayoría de los goles se habían hecho los boludos para que no les pasara nada raro. Se escuchaban quejas: “¡Otra vez nos cagan con la mano de Dios, otra vez!”, “¡Cheaters fucking cheaters, gays, all gays!”, etc.

Comienza el segundo tiempo. El público, aburrido, se encuentra totalmente en silencio; salvo una pequeña parte integrada por curas y monjas que, descontrolados, cantan: “Es la banda mas creyente / que te vino a alentar / sin pecado y sin violencia / el equipo va a ganar”.

Tiene la pelota el goleador Eclesiastés, que de taquito se la pasa a Darío y este hace un cambio de frente de rabona. La agarra Caín que, de media tijera, se la pasa a Ariel, quien corre con la pelota en la cabeza unos veinte metros y la tira de chilena al centro del área, donde la espera Samuel (sí, el arquero del Vaticano) que define de palomita. Gol. Los jugadores ingleses boquiabiertos, el público inglés en silencio.

La barra calma del Vaticano enciende cirios, que utilizan a modo de bengalas benditas, y gritan: “esta es la banda del Vaticano / esta bailando de la cabeza / se mueve para acá / se mueve para allá / esta es la banda más loca que hay”, “qué silencio / qué silencio / los ingleses se están yendo al infierno” y “hay que leer un poco más la Biblia / y todos juntos la vuelta vamo’ a dar”.

El partido iba 37 a 0 y, para colmo, el público cristiano cargaba a los ingleses. Hasta que los hooligans de Inglaterra se cansaron, coparon la tribuna de los curas y los cagaron a palos: les robaron las cruces (que luego las usaron como navajas) y les afanaron las Biblias para usarlas a modo de piedras. La policía no intervino, Dios sí. De repente, aparecieron todos los santos: San Mateo, San Lucas, San Juan, San Miguel, Sandía, etc. y comenzaron a correr a todos los barras ingleses usando las sogas de las sotanas como látigos y las aureolas de sus cabezas a modo de discos voladores asesinos.

 

El partido se suspendió y se lo dieron por ganado a la selección del Vaticano. Le entregaron la copa del mundo a los curas, quienes la llenaron de vino y ostias y la usaron para comulgar en pleno campo de juego. Luego, dieron la vuelta olímpica, tambaleándose por el vino, y con una estatuilla de la Virgen a modo de procesión campeona. Finalmente, salieron de la cancha revoleando las sotanas y cantando: “Dale campeón, dale campeón…”.

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