Los sótanos

de Matías Mugione

En mi barrio todos tenemos cosas ocultas en nuestros sótanos. Seres. Algunos son monstruos gigantes; otros, tal vez, tienen extrañas criaturas que no puedo describir.

Nunca los ví, pero los imagino.

En realidad, tampoco puedo describir al monstruo que tengo en mi propio sótano. O, mejor dicho, que tenía en mi propio sótano. Hace unos años abrí la puerta de un patada, al huír de un huracán, y él escapó. Sé que sigue estando en mi casa: lo puedo oler. Pero nunca más lo ví. Cuando yo estoy en la cocina, él se pasea por el piso de arriba. Lo puedo escuchar. Y cuando me pongo a regar el jardín, sospecho que “eso” se sienta en una de las sillas del comedor a ver pasar el tiempo.

Y yo, mientras riego el jardín, me pongo a mirar las otras casas que me rodean. Sobre todo esas ventanitas que están al ras del suelo y dan al sótano. Me obsesiona saber qué esconden. Algunas de esas pequeñas ventanas están tapadas con diarios, otras no. Y por las destapadas, a veces, suelo ver sombras que caminan en su interior. No sé si no veo una forma definida porque no se acercan a las ventanas, o porque simplemente son eso: sombras.

Entonces mis vecinos también salen a regar sus jardines. Porque, en mi barrio, todos arriesgamos nuestros estados de ánimo para salir y mantener vivas nuestras flores. Salimos y allí está la luz del sol, que ilumina nuestras sombras. Para evitar que nos vean, nos ponemos unos disfraces, y, entonces, nos saludamos y nos miramos cara a cara. Hacemos como si todo estuviese bien. Pero todos, mientras hablamos amablemente, estamos mirando de reojo las ventanitas de nuestros sótanos.

Ellos también miran las ventanas de mi sótano. Y yo pienso «Pobres, si supieran que “eso” ya no está allí».

Entonces nos ponemos a regar las flores de nuestros jardines. Algunas son rojas, otras son azules. Hay de todos los colores que puedan imaginar. Salvo las mías. Desde que abrí la puerta del sótano, mis flores son negras. No marchitas, simplemente negras.

Luego de cuidar nuestras flores, volvemos a entrar a nuestros hogares. Algunos se preparan para irse a estudiar o trabajar. Yo no puedo, tengo que cuidar que “eso” no escape. Entonces me siento en el comedor –creo que, en ese momento, él suele estar en el living– a mirar televisión.

Prendo la TV y pongo un noticiero. En él aparecen vecinos –no míos, pero seguramente sí vecinos de otras personas– quejándose de que alguno, en su barrio, dejó ver lo que tiene en el sótano. Los periodistas se muestran consternados, los vecinos también. Se quejan, resoplan, se sorprenden. Pero todos sabemos que, luego de apagarse la cámara, ellos van corriendo a sus casas para asegurarse de que sus monstruos sigan estando bajo sus casas.

Algunos, incluso, niegan la existencia de un sótano en sus hogares. «Ves, no hay nada debajo de la casa», me dijo un vecino hace un tiempo, mostrándome un plano prolijamente dibujado. Pero yo no puedo dejar de notar la existencia de aquellas ventanitas…

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