Muñeca

Por Matías Mugione

Activó la cámara delantera de su celular y la cara de una chica con moretones y el maquillaje corrido apareció en él. No podía creer que fuera ella misma. Sintió un golpe en el pecho. Su ojo izquierdo invadido por una aureola violeta y el tilde bordó que acentuaba su labio partido le devolvieron la mirada. Esas cosas eran hijas de otros golpes y nietas de un mundo que la tenía aturdida: una sociedad de dos personas que no era más que bisnieta de una sociedad que nunca había estado de su lado.

Levantó la vista del móvil y miró a su hijo de dos años que jugaba con sus cochecitos de plástico cerca de ella, sobre el suelo del comedor. «Brummmm, brummm». Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero respiró hondo y las contuvo. Era hora de que las cosas cambiaran. Lo tenía que hacer por él. Lo tenía que hacer por ella.

Se preguntó cómo había caminado tantos kilómetros por el desierto. Y sospechaba la respuesta: le habían plantado oasis en el camino. «Oasis». Abrió el navegador para buscar el significado concreto de esa palabra. El primero era el que imaginaba encontrarse: sitio con vegetación y a veces con manantiales, que se encuentra aislado en los desiertos arenosos. Pero la segunda acepción fue la que abrazó: tregua, descanso, refugio en las penalidades o contratiempos de la vida.

Se dijo que no quería más treguas, descansos ni refugios, que tenía que vivir en un lugar rodeada de árboles y montañas. Entonces volvió a poner la cámara, respiró hondo otra vez y apretó el botón para filmar.

—Mi nombre es Mariela y tengo que contarles mi historia. Porque me cansé, ya no puedo más. Hace tres años conocí al hombre que pensé que era el amor de mi vida y estaba todo bien. Parecía una persona tranquila. Todo siguió así durante un tiempo, hasta que se enteró de que estaba embarazada. No buscábamos un hijo. Cuando le conté se enojó, me acusó de no haberme cuidado y me pegó. Fue el primero de muchos otros golpes, físicos y psicológicos.

Hizo una pausa y las lágrimas volvieron a asaltarla, pero esta vez no las contuvo.

—Nos peleamos y reconciliamos muchas veces. Siempre pensaba que la culpa era mía y, aunque no soy perfecta, hoy entendí que no es así. Puedo tener mil problemas, como cualquier persona, pero no soy una loca ni una histérica. Tengo que ponerle punto final a esto. No quiero ser un típico caso más de mujer maltratada que cuenta su experiencia, pero tampoco quiero ser un típico caso más de mujer asesinada que aparece en las noticias. Si estás en la misma situación, espero que también puedas terminar con eso. Pedí ayuda, contáselo a alguien. No es humillante, al menos no tanto como seguir así.

Volvió a hacer una pausa y se secó las lágrimas con la mano. Entonces, terminó de filmar:

—No sé qué más decir. Solo gracias por escucharme.

Mariela apretó el botón azul y el video se subió a Facebook. Luego llamó a su padre, le pidió que vaya a buscarla y fue a preparar una valija con ropa de ella y del niño. Sabía que no iba a poder llevarse todo, al menos no en ese momento, pero no le importaba. Mientras tanto, veía en el teléfono los comentarios de apoyo de sus amigos y hasta de gente que no conocía. El video comenzaba a viralizarse.

Cuando volvió al comedor a esperar a su padre vio que su hijo seguía jugando con los cochecitos y se le ocurrió una idea. Fue hasta un cajón donde guardaba su muñeca preferida de cuando era pequeña, la tomó y la puso frente a su hijo.

—Mirá, Mateo. Con esto también podés jugar, pero tratála con cuidado.

El niño miró a su madre y le sonrió. Entonces agarró la muñeca y la puso sobre uno de los autitos, que empujó con la mano. «Brrrummmm», dijo. Y los juguetes se fueron.

Leave a Comment