Nastia

de Matías Mugione

Nastia estaba más linda que la última vez que la había visto, porque las mujeres, de alguna forma, siempre están más lindas que la última vez que las viste, sobre todo si te dedicaste a extrañarlas.

La había agregado a Facebook (otra vez) y le había mandado un mensaje preguntándole si podíamos juntarnos esa tarde en el café de la esquina de Drago y Alsina.

Quedaban cosas por charlar, heridas por cerrar, confusiones que aclarar. No quería que el karma siguiera afectando mi vida ni que perjudicara a mi descendencia por varias generaciones. Quería un poco de paz, bah.

“Esa tarde” había llegado y Nastia me sonreía desde una de las mesas que estaban fuera del local. Tal vez no me sonreía; tal vez era solo una mueca. Un mohín de su desdén, como canta el Indio Solari. Lo importante es que estaba ahí.

Estaba ahí. Y todo lo que había pensado decirle se me había borrado de la cabeza. Haberse peleado parecía casi un mal sueño; algo que no podía haber pasado ahora que la miraba a los ojos.

Me acerqué y, como la mente se me había quedado en blanco, opté por la palabra más aceptada socialmente para iniciar una conversación: “hola”.

La charla comenzó con el pie derecho pero no pudo continuar, porque nos interrumpieron las sirenas ensordecedoras de dos patrulleros que pasaron rápidamente por la calle.

–Hola –respondió, mientras las sirenas se diluían.
–¿Cómo estás?
–Bien, ¿vos?
–Bien.

Era mentira. Ninguno de los dos estaba así, pero siempre queda bien decir “bien”. Mientras miramos el menú, hablamos de pavadas: yo estoy haciendo tal cosa, yo trabajo de tal otra, yo empecé a estudiar tal mierda y cosas de ese estilo, con tal de no adentrarse en la selva más espesa de entrada.

Pero la charla volvió a ser interrumpida por sirenas. Esta vez, de otros tres patrulleros que pasaron raudamente por Alsina, dirigiéndose a la plaza Rivadavia.

Vimos que la gente también empezaba a caminar (algunos corrían) hacia el lugar, así que nos agarró curiosidad y fuimos a ver qué pasaba.

Yo pedía para mis adentros que, si estaba sucediendo una catástrofe, fuera lo más grave posible, porque las catástrofes son grandes catalizadoras de las reconciliaciones. O sea: si venía un tsunami era más fácil abrazarla y pedirle perdón.

Al llegar a la plaza vimos que en las baldosas, cerca del monumento a Rivadavia, se había formado un círculo lleno de barro. Su circunferencia no era muy grande, pero parecía hondo.

Mientras Nastia, la policía y la gente se acercaban al lugar, yo me quedé alejado de la muchedumbre, porque sabía que eso había venido de otro planeta y que me convenía ser el primero en correr.

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