Ovación

de Matías Mugione

El señor canoso se agachó y comenzó a hablar:

«Hola, ma. Vine para contarte algo que nunca dije: yo no quiero ser adulto.

Siempre me imaginé la adultez como un lugar tortuoso donde te llevan por la fuerza entre un reloj gigante de brazos tan plateados como duros y un billete de piel verde y sensual. Y tus manos adolescentes tratan de evitarlo, clavando sus uñas en el suelo y dejando una fila de diez surcos en baldosas cada vez más descoloridas.

Y, luego, te atan a una máquina que tiene una especie de catapulta, que te lanza de forma horizontal y, aunque te deja ser feliz, sentís el gusto amargo de la inercia que no te deja moverte como realmente tus piernas desean. Te permiten nada más que una cosa muy improvisada llamada amor, donde podés refugiarte de vez en cuando, como una casucha de chapa en medio de una tormenta.

Pero no siempre fue así, ¿sabés? Hubo un tiempo en que soñaba con ser adulto. Mi sueño era formar una familia. Ahora, bien, no sabría decirte porqué esos sueños de adultez se esfumaron. Tal vez fue porque una mujer me los robó, la realidad me chocó de frente y, finalmente, quedé tan desorientado que nunca más pude encontrar ese camino».

Las arrugas decoraban la cara del señor canoso: surcos que podrían formar profundos ríos de lágrimas, si recordara cómo se lloraba… pero no lo hacía. Frente a él, una lápida maltratada por los puños del tiempo escuchaba con paciencia de mármol sus palabras. «Yo no quiero ser adulto», repitió en su cabeza, arrodillado frente a la tumba donde se encontraban los restos de lo que alguna vez había sido su madre.

Estaba cansado, pero feliz; se había sacado un peso de encima. Entonces, agarró su bastón y se puso de pie con dificultad. Cuando miró a su alrededor, se dio cuenta de que no estaba solo. Un semicírculo de personas lo rodeaban a una distancia prudencial, lo suficiente como para no molestarlo, pero no lo suficiente como para no escucharlo.

Al mirar con atención, notó que las personas, en realidad, no eran de carne y hueso. Eran translúcidas y sus pies no tocaban el suelo. Podía ver algunos árboles detrás de un señor de sombrero, el camino detrás de una niña, más lápidas detrás de una mujer de pelo castaño. Todos lo miraban con atención, algunos hasta lloraban emocionados.

Y, entonces, los muertos aplaudieron.

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