Tormenta

Por Matías Mugione

Ventanas cerradas. Las puertas también. Hace días, parece. El polvo invade las superficies, es el día D de la suciedad. El aire es denso. En la habitación un hombre se encuentra sentado frente a una mesa. El silencio lacera los tímpanos invadiendo cada rincón del cuarto, pero…

Tic, tac. Tic, tac.

Hay un reloj colgando de la pared. Esperando durante un segundo (y dos, y tres…) que el tiempo mueva sus agujas. Agujas que apenas se ven por el polvo, jugando a las escondidas con su función vital. Agujas que apenas pueden moverse, pero se mueven, sí que se mueven, y el tiempo pasa. Porque el tiempo pasa sólo si los relojes se mueven. Y este se mueve. Así que el tiempo, para este hombre, está pasando… Ah sí, el hombre… El hombre sigue haciendo nada.

Tic, tac. Tic, tac.

Una gota de sudor comienza a resbalar por el rostro del hombre. Humedad entre tanta sequedad. La gota avanza, aún sabiendo que su destino es ahogarse y desaparecer entre el polvo. «Tic, tac» Sigue recorriendo cada curva de la cara. «Tic» Cae al suelo en cámara lenta. «Tac» Y un nuevo sonido ingresa a mis oídos…

Chin, chin, chin.

Me acerco más al hombre, y veo que está revolviendo con una cucharita una taza llena de café. Un café con pinta a viejo. Y el hombre realiza la acción muy lentamente, como sufriendo. El sonido apenas se escucha. «Chin, chin» No levanta la taza, no bebe, no hace nada más con el café además de revolverlo una y otra vez de forma lenta. Me impaciento y me pongo a mirar la habitación.

Tenues rayos de luz entran por las acortinadas ventanas, cortinas pesadas, sólidas y oscuras, de esas que parecen eternas. Se ve flotar el polvo en los haces de luz, y paso la mano por uno de ellos para ver acelerarse las partículas, como una estampida de estrellas. Me acerco a una mesita que tiene un portaretrato encima, con una foto del impasible hombre a mi lado. El hombre de la foto no parece ser mucho más joven de la versión que puedo ver revolviendo el café; es casi el mismo pero más cuidado, más alineado, tal vez hasta más humano.

Camino un poco más allá, dejando al hombre a mis espaldas, pero sin dejar de escuchar el chin chin que me indica que sigue haciendo lo mismo que la última vez que lo miré. Sobre la repisa hay un pequeño calendario. Si el reloj es el rey del tiempo, él vendría a ser el esclavo. El calendario sobre su miseria de madera, dispuesto a aceptar las órdenes de los minutos y segundos, manoseado por manos humanas que lo tachan y lo corrompen. Pero sigue en pie cumpliendo su función, y si fue ordenado y tratado con exactitud, quiere decir que hoy es Nochebuena, porque marca que es 24 de diciembre. Es de esos días que no deberían ser vividos en soledad y revolviendo una taza de café.

Doy media vuelta. El hombre sigue ahí, revolviendo su taza una y otra vez. Me acerco a la mesa donde está sentado y veo un diario abierto. Me acerco y observo que debajo de la cabecera dice ’27 de octubre’. Recorro con la vista las noticias de la página: Un tornado azota la zone oeste del país, Robaron y asesinaron a un abogado, Niña muere por la caída de un rayo, Espectacular persecución policial.

Otro bello día en el mundo. Me llama la atención la noticia acerca de la niña. Una niña de cuatro años bla bla bla por un rayo en la tormenta de anoche bla bla bla y más bla bla bla, era corta y no tenía foto, pero decía el nombre: Lucía Gutierrez.

Murmuro el nombre y el Hombre del Café deja de revolver la taza. Me quedo mirándolo un rato, esperando que tome el café o que haga alguna otra cosa. Pero no hace nada más que quedarse ahí, sentado, mirando a la nada.

De repente, un petardo explota afuera. El hombre se estremece y lanza un grito ahogado, pero se queda sentado en su lugar. Lo observo unos minutos, para ver si hace algo más, pero sigue en su limbo. Ahora, por lo menos, ya no tenía que seguir escuchando el vals de la cucharita y la taza.

Sigo recorriendo la habitación. Encuentro unos papeles en un aparador, facturas, recibos. ¿Debería revisarlos? Tal vez no, pero quiero saber quién es el Hombre del Café. Agarro algunas hojas y me pongo a revisarlas, mientras vigilo de reojo si el Hombre del Café da señales de vida para impedirme que toque sus cosas, pero no parece importarle. Encuentro un nombre: Sr. Sebastián Gutierrez. Gutierrez, como la niña del diario.

De pronto, otro petardo explota en la calle, esta vez más cerca, y el Señor Gutierrez, ex Hombre del Café, se para de un salto, agarra la taza y la estrella contra la pared. La taza hace se convierte en un montón de pedazitos de porcelana. El Señor Gutierrez se agarra la cara y comienza a llorar, paseándose ida y vuelta por la parte de la habitación opuesta a mí. Entre nosotros hay una mesa y un mundo de distancia.

Entonces, miré el reloj que había visto hace solo un rato. Eran las 23:58. En dos minutos la sirena de los bomberos anunciaría que eran las 12, que Jesús había nacido o que Papa Noel dejaba los regalos. En dos minutos la gente comenzaría con su espectáculo de pirotecnia, demostrando su alegría iluminando el cielo y compitiendo por quién hace más ruido.

En tan solo unos minutos, Lucía Gutierrez moriría cientos de veces más y el hombre que se paseaba delante mío sentiría otra tormenta.

 

Foto: Benjamen Benson

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