Viaje al centro del corazón

de Matías Mugione

Emprendimos la aventura un día soleado. Estábamos entusiasmados porque viajaríamos al centro del corazón para investigar las causas de las últimas lluvias. Las nubes estaban cargadas de lágrimas pero no entendíamos porqué ocurría aquel fenómeno.

Cargamos el jeap con provisiones –no sabíamos cuánto tiempo duraría el estudio–. La parte de atrás estaba llena de comida enlatada, agua, combustible y las carpas que usaríamos para pasar la noche. Además, llevábamos todo lo indispensable para realizar nuestra investigación: notebooks, detectores de sentimientos y cámaras fotográficas y de video.

El viaje transcurrió sin ninguna anormalidad. Descendimos por la arteria basilar, luego circulamos por la arteria vertebral izquierda hasta llegar a la aorta, donde nos encontramos el cartel de bienvenida al corazón. Nuestro destino estaba muy cerca, pero no nos esperábamos encontrar con lo que nos encontramos.

El paisaje del corazón era desolador. Había un palacio que, alguna vez, había sido esplendoroso, pero ahora tenía los vidrios rotos, algunas ventanas abiertas, grafitis en sus paredes de piedra, moho que se extendía como enredaderas. Por las calles solo se veían cardos rusos rodando y algún que otro mendigo de besos, pero ya no eran las calles rebosantes de actividad que alguna vez habían sido.

Aunque estaba comenzando a anochecer, decidimos tratar de charlar con algunos de los habitantes del lugar. Con algunos de los pocos que quedaban: depresores, resentistas y algunos guardias del rey devenidos en ladrones. Pero ninguno quiso hablar con nosotros. Todos nos cerraron la puerta en la cara con miedo y desconfianza, alegando que no querían conocer gente nueva.

Así que armamos las carpas y pasamos la noche en un descampado lleno de yuyos que alguna vez había sido parte del ya no florecido jardín real. A pesar del silencio de los habitantes, estábamos resueltos a continuar con nuestra investigación y nos pareció que, al otro día, deberíamos ingresar al palacio. Era, sin duda, el punto clave del lugar.

No pasamos una buena noche. El frío traspasaba la tela de nuestra bolsa de dormir como agujas heladas. No habíamos llevado mucho abrigo porque, según teníamos entendido, los corazones eran lugares cálidos, pero en este parecía que alguien se había robado el calor.

Eso no fue todo. En plena madrugada, unos depresores intentaron abrir una de nuestras carpas y atacar a uno de los científicos que nos acompañaban. El pobre no podía dormir y era una presa fácil. Pude escuchar las horribles voces de los depresores invocando a la oscuridad. Por suerte, el incidente no pasó a mayores.

Cuando amaneció nos preparamos rápidamente para ir al palacio. Queríamos terminar cuanto antes la investigación, porque no queríamos tener que volver a pasar otra noche allí. Cuando llegamos al palacio nos encontramos con que la puerta principal estaba cerrada, así que tuvimos que meternos por una de las ventanas que estaba entreabierta.

Adentro todo era un desorden. El vestíbulo estaba lleno de polvo y había cosas tiradas por todos lados. Había un cartel de cumpleaños que colgaba solo de una de sus puntas, y algunas pinturas un poco maltratadas: una de unos edificios con ventanas amarillas y otra de un mar en una noche de luna llena.

Decidimos caminar por un largo pasillo que, según nuestra intuición, llegaba hasta el salón principal. Allí, nos imaginábamos, debían estar el rey y la reina. Hasta ahora no habíamos visto a nadie. Aunque afuera estaba de día, allí adentro el ambiente era espectral: estaba oscuro y se podía escuchar el eco de nuestros pasos.

Pero en mitad del pasillo nos quedamos quietos al oír unos pasos detrás nuestro. Nos dimos vuelta y había una pequeña niña.

–Nena, ¿estás sola? ¿Cómo te llamás? –le pregunté.
–Susi. Y no estoy sola. Acá vive el rey.
–¿Ah, sí? ¿Sos la hija?
–Algo así…
–Bueno, ¿dónde podemos encontrarlo?
–Debe estar llorando en esa habitación –dijo, señalando una de las puertas.
–¿Llorando?
–Sí, está así desde que la reina dejó de serlo.

Dicho esto, la niña se desvaneció delante de nuestros ojos y quedamos aterrados. Uno de nuestros ayudantes ahogó un grito y quiso abandonar la investigación, pero lo convencimos de que era importante continuar y que, además, la nena (o el fantasma de la nena) no parecía tener malas intenciones.

Una vez recuperados del susto fuimos a la habitación que la niña había indicado. Tocamos la puerta pero nadie respondió, así que decidimos entrar de todas maneras. Dentro de la habitación notamos algo raro: estaba ordenada, a diferencia del resto del castillo. Pero no estaba así porque alguien la hubiese ordenado, sino porque no había nada. Solo había un bulto en un rincón, que respiraba entrecortadamente. Era el rey.

–¿¡QUIÉNES SOIS USTEDES!? ¡SAQUEADORES! ¡VÁYANSE DE MI CASTILLO! ¡NADA ME QUEDA YA QUE IMPORTE! Llévense lo que quieran, lo que quieran… –nos gritó el monarca.
–Su Majestad, somos investigadores. Nos mandaron desde el hipotálamo para saber qué estaba sucediendo en el centro del corazón, porque no para de llover –le expliqué.
–Ja, investigadores dicen. Esos de allá arriba siempre quieren saber todo. Pues llévenle este mensaje: ¡JAMÁS ENTENDERÁIS LO QUE AQUÍ SUCEDE!
–Entregaremos ese mensaje, Su Majestad. Pero tiene que entender que…
–NADA, NADA. No tengo que entender nada. ¡SE VAN YA MISMO DE MI PROPIEDAD!

En ese momento, el científico que estaba a mi izquierda tuvo que agacharse para esquivar la corona que el rey nos lanzó (el único objeto contundente que tenía a mano). Nos dimos cuenta que no iba a colaborar con nuestra investigación, así que decidimos salir de la habitación e ir hacia el salón principal. Tal vez allí encontraríamos algo importante.

Caminamos hasta el final del pasillo y abrimos la doble puerta del salón principal. Estaba vacío, sucio y desordenado como el resto del palacio. En su centro, podían verse dos tronos: uno del rey y otro de la reina. Fuimos hasta allí y, sobre el trono del rey, encontramos un celular. En él se podía ver un mensaje recibido que decía: Pienso en vos, y a veces te extraño.

Allí comprendimos todo: porqué llovía, porqué tanto desorden, porqué tanta decadencia. Una sensación amarga nos invadió cuando nos dimos cuenta de que no podíamos hacer nada. Salimos del castillo y preparamos las cosas para el viaje de vuelta. En nuestro informe coincidimos en anotar que, hiciésemos lo que hiciésemos, mientras la reina no estuviese seguiría lloviendo.

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